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Fabián Kon



 
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Autor Mensaje
Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mie Sep 01, 2010 10:40    Asunto: Fabián Kon Responder citando

Fabián Kon

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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mie Sep 01, 2010 10:43    Asunto: Responder citando

Noticia biográfica


Fabián Kon tiene cincuenta años. Nació y vive en Buenos Aires, y desde hace sólo dos años se ha unido a la escudería del Taller de Corte y Corrección. Allí convierte en obras concretas lo que fue durante toda su vida pasión por la literatura.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mie Sep 01, 2010 10:48    Asunto: Responder citando

Señora mediana edad busca empleo


Busqué el espejito en la cartera. Y volví a controlar: peinado apropiado, cepillado y fijado naturalmente con spray. Maquillaje vistoso… aunque nunca debe ser provocativo: los hombres suelen confundirse. Y, sobre todo, los supervisores de Recursos Humanos.
Como sea, la primera impresión es fundamental.
Sentada con las piernas bien juntas y la espalda erguida, volví a pispear el reloj de la recepción: habían pasado apenas tres minutos. Sequé la humedad de mis manos en la falda: la clásica inquietud que antecede a las entrevistas de trabajo.
—Señora Cristina Márquez —dijo un señor desde la puerta de una de las oficinas—. Pase por aquí, por favor. Tome asiento, enseguida estoy con usted.
Me ubiqué en la silla frente al escritorio. A esperar, una vez más. Traté de recordar con cuántas búsquedas laborales había perdido el tiempo desde que me despidieron de la empresa de transporte.
Mandar currículos, pensé, ir a entrevistas… ¿Para qué? Es como un juego, de ésos que no entretienen y tampoco entregan premios.
—Cristina —dijo el señor entrando al despacho—, mi nombre es Roberto Servini. Soy el Jefe de Selección, mucho gusto.
La aburrida conversación incluyó el interrogatorio tan reiterado: que cuál era mi experiencia previa, que por qué me desvinculé de empleos anteriores. En fin, recurrí a respuestas ya ensayadas. Pero, a diferencia de otras veces, este señor se mostraba interesado, como si intentara convencerme de que aceptase.
—Se trata de un salón de belleza —aclaró—, cosmética y tratamientos corporales ubicado en pleno centro, cerca del subte. La tarea es sencilla, quédese tranquila. Tiene que atender el teléfono y dar turnos para las profesionales del instituto.
Y el tal Servini mencionó un sueldo muy bueno. Logró sorprenderme: en general, a personas sin formación o de mediana edad —gente a la que, como a mí, no se le da cabida en este sistema— se le ofrecen migajas.
Si no empezaba con algo, me seguía atrasando con el alquiler. Jamás había pedido dinero prestado. Ni lo haría. Pero lo que ofrecía el instituto era mucho más que algo.
—¿Podría comenzar el lunes que viene? —preguntó Servini.


Caminaba por la calle, con largas zancadas. Por momentos trotaba, esquivaba a la gente. Se me escapaba alguna sonrisa, habrán pensado que estaba loca. ¡Había conseguido trabajo, y bien pasados los cuarenta! Sí, se lo tenía que contar a mi hijo. Desde que enviudé, Marianito, mi nene, mi única familia, se preocupaba tanto por mí... Lo llamaría apenas llegara a casa.

El lunes, en el horario indicado, toqué el timbre en el segundo piso. Alguien me observó a través de la mirilla.
Cuando la puerta se abrió, un joven desaliñado, con un arito más parecido a una argolla que a un arito, me sonrió descaradamente. Llevaba el pecho atravesado por cadenas doradas.
—Soy Cristina Márquez —dije, temiendo que todo fuese un error—. Vengo… por el trabajo de telefonista.
Extendí el brazo para estrechar su mano, pero el confianzudo me dio un beso. Y dijo:
—Cristina, soy Leo, el supervisor. Te estaba esperando. Pasá, sentate que te cuento.
Me desagradó que me tuteara ese tal Leo. Un muchacho con un trato demasiado informal. Desde la muerte de mi marido, me relacioné solamente con hombres serios y de buena familia. Cada vez que salía de noche con mis amigas, los mocosos de pelo largo merodeaban a mi alrededor. Me penetraban con los ojos y sonreían como idiotas. Impertinentes que buscaban abordarme. Pero yo conocía muy bien sus intenciones: ni les contestaba.
—Oíme bien, querida —dijo Leo, y encendió un cigarrillo—: acá trabajan aproximadamente quince chicas, con diferentes horarios. Los hombres llaman todo el día, y hay que darles turno con la chica que pidan. Si no piden con alguien en especial, los anotás con la que esté disponible. Tenemos servicios de media hora, y una hora. Después te paso los precios.
Siguió con su perorata sobre el trato que debía darle a la clientela, y caminamos por un pasillo. Mi intuición me aconsejaba huir de ese antro.
—Te presento a Rosana —dijo Leo, y la rubia platinada apenas levantó la cabeza para mirarme—. Tu compañera. Ella te va a indicar cómo funciona la centralita.


Los llamados entraban sin cesar, y en los momentos libres Rosana me mostraba cómo usar la consola y las planillas de turnos. De paso, yo escuchaba el verso que les recitaba a los clientes:
—Son gabinetes privados, señor —repetía en cada llamado—. El precio incluye un servicio completo de masaje. Si usted quiere algo más que masajes, lo arregla con la señorita dentro del gabinete. Las chicas van a hacer todo lo que usted quiere, señor.
—Rosana —dije, y al hablar me sentía una estúpida—, decime algo más: ¿esto es un prostíbulo, no?
Lejos de sentirse comprometida, la rubia estalló en una larga y sonora carcajada.
—Esto es una casa de masajes, boluda. Una de las tantas que hay por acá, por el centro.
Un prostíbulo. Confirmado. No soy una caída del catre, pero nunca me había vinculado con ese tipo de aberraciones.
¿Cómo le explicaría a mi hijo? Le mentiría, le diría que había conseguido trabajo en un instituto de belleza. O de estética, o algo así. La verdad no podía ni mencionarla. Si se enteraba mi nuera… ¡Y sus padres, esos estirados que se la tiraban de moralistas!
Mejor ni pensar.


Esa misma noche comí con Marianito y la familia de su esposa. Fingiendo entusiasmo, contesté a las preguntas sobre el “centro de estética integral”. Les comenté acerca de la excelente impresión que me habían causado los nutricionistas, cirujanos plásticos y cosmetólogos.
—Todos encantadores y muy serios —dije.
No di demasiadas precisiones sobre la ubicación del instituto. Por las dudas.


Las mañanas de la casa de masajes se prestaban para el café y la conversación con mi compañera: los clientes preferían los horarios de la tarde.
Un día, alrededor de las once, una de las chicas vino hasta la oficina del conmutador. Ni la miré: la idea del contacto de ese cuerpo con tantos degenerados me repugnaba. Desde que mi marido falleció, fui muy selectiva para aceptar la invitación de algún hombre.
—Hola, mami —me sorprendió, saludándome con un beso—. ¿Y esa carucha? ¿No te gusta el trabajo?
Seguramente estaba púrpura de vergüenza.
Karina —al menos se presentó con ese nombre de batalla—, vestía una bata que dejaba adivinar su mínima ropa interior.
—Hola —contesté—, ¿cómo estás?
—Bien, sin clientes por un rato. Y el supervisor no llegó. Vení, vamos a preparar un café.
La acompañé hasta la cocina. Al rato llegó Jacqueline, corpulenta y pelirroja. Andaba por el “instituto” cubierta con una sencilla remera que ponía en relieve la artificial turgencia de sus senos.
Karina y Jacqueline hablaron todo el tiempo: de sus hijos, de lo caro que estaba el supermercado y del aumento de las expensas. Una charla de madres en la puerta de un colegio.
Cuando llegó el cliente de Jacqueline, Karina me contó de su propia vida, del asco por los tipos, del placer de sacarles plata como cobrándose cuentas pendientes. Varios días después la comprendí mejor: relató su historia de niña hundida en la precariedad, empiojándose en una pieza con tres hermanos. Y la madre vendiéndose día y noche. Pensé que no. Que Karina nunca podría cobrarse del todo.

Con los días —cuestión de pura supervivencia— me las fui arreglando para aguantar ese ambiente de mujeres de la vida y señores de todas las edades a los que por suerte no veía ni me veían. Y ahí trabajaba yo, la digna viuda del pundonoroso doctor Márquez, metida en una cueva de prostitutas. Hacía cuatro años frecuentaba con mi marido los cocktails del Colegio de Abogados, y ahora…
Las vueltas de la vida, pensé. Muy doctor había sido el finado, pero me dejó con la pensión mínima.

Ese día el teléfono no paraba: un infierno.
Leo estaba más nervioso que de costumbre. Se oía el timbre, insistente. ¿Por qué nadie abría?
Golpes en la puerta. Corridas por los pasillos. Gritos.
—¡Vení! —me gritó Karina agitada y a medio vestir—. Vení conmigo, apurate.
Nos encerramos en el armario de los toallones. La falta de aire y el dolor en el pecho me marearon. Me abalancé contra la puerta y caí de rodillas en el pasillo, jadeante y con la vista clavada en el piso.
—¡Vos te me venís para acá! —me gritó el policía.

Me arrastraron a un camión policial. Ni siquiera sabía adónde íbamos, esposada y rodeada de señoritas a medio vestir y tipos que lloriqueaban por celular. Seguramente le rogaban ayuda a algún abogado o amigo, manga de pusilánimes.
Volví a pensar en Marianito, mi nuera y esos estirados. No podía recurrir a ellos.

En la comisaría nos sentaron en bancos sin respaldo, a los costados de la sala de espera. Tres policías recolectaron documentos de identidad, y con una ruidosa y antigua máquina de escribir los volcaron en actas.
Estudié la escena: dos uniformados custodiaban la puerta. Imposible escaparse. ¿Cómo explicar que yo era una simple telefonista, que no había cometido falta alguna? Suplicaría, si fuera necesario.
A mi lado, un agente con mejillas de bebé vigilaba.
Es muy jovencito, pensé. Podría ser mi hijo, parece amable.
—Buen día, agente —le dije levantándome—. Mi nombre es Cristina Márquez, y me trajeron acá, pero… soy sólo una telefonista, no tengo nada que ver.
—Usted se sienta y se calla —contestó secamente aquel muchacho tan amable.
Lloré, aunque sabía que no debía perder el control. Nadie me ayudaría, dependía sólo de mí misma. Al mirar al jovencito, noté que también me observaba él a mí.
El agente entró en una oficina y volvió a salir rápidamente.
—Pase por acá —ordenó señalando la puerta del despacho—. Vamos a hablar con el Sargento.
Me concentré en respirar profunda y pausadamente, como me había explicado la psicóloga: la oficina no tenía ventanas. Sólo dos largas mesas desbordadas de aparatos de radio y cables. Los percheros colapsaban de cascos, impermeables y chalecos verdes fosforescentes. En un rincón vi un armario con armas. No era lugar para atenderla a una.
—Usted se me sienta acá —me dijo el agente señalando una de las sillas de plástico, y dirigiéndose al sargento acotó—: Mi sargento, ésta dice que es la telefonista. Dice que no tiene nada que ver.
—Agente, no sea boludo —dijo el sargento mientras se me acercaba—: todas dicen lo mismo. Todas quieren zafar. A ver, che: ¿cuál es tu nombre?
—Cristina.
—Sabés, Cristina, que estás más que buena —se detuvo a mis espaldas, me acarició el pelo, bajó la mano hasta el cuello—. ¿Cómo te metiste en esta mierda? Son de lo peor.
Me tocó los pechos, al principio por encima de la camisa, y traté de apartarle el brazo.
—Shhh, quietita —dijo poniéndose frente a mí—. Tranquila. Portate bien.
—Si te querés ir enseguida a casita, tenés que portarte bien.
—Sí —contesté—, déjenme ir. Por favor. Tengo una familia, mi hijo no sabe que trabajo…
—… no me cuentes una historia triste —dijo el Sargento—. A ver si me hacés llorar. ¿Te querés ir enseguida?
Lentamente me desabrochó la camisa. Lo agarré de la muñeca, pero siguió: ya acariciaba mis senos.
—Si te portás bien —dijo—, te vas en cinco minutos. No te vamos a poner en el Acta —Su inmunda mano recorrió mi cara, humedeciéndose con mis lágrimas. Las yemas de sus dedos presionaron mis labios. Volvió a esconder la mano debajo de mi camisa—. Te prometo que ya te vas, Cristinita. En un rato estás afuera, y nadie va a saber que estuviste acá. ¿Te vas a portar bien?
—Sargento —dije entre lágrimas—, me quiero ir a casa.
Despacio, con todo el tiempo del mundo, comenzó a bajarse el cierre de la bragueta.
—Trabe la puerta, agente —dijo—, que esta puta se queda con nosotros.

Cuando me soltaron, media hora después —medio siglo después—, subí al primer taxi que apareció.
Necesitaba alejarme del infierno. Pretendía olvidar ese día inmundo, borrarlo, desprenderme de él como lo haría con la ropa que llevaba puesta. Todo me asqueaba.
Inmóvil, ya sin lágrimas, veía desde el taxi el discurrir del paisaje urbano.
Qué alivio, quise pensar. Por lo menos, nadie sabrá lo que pasó.
Era cierto: lo que más me importaba, mi imagen frente a Marianito y su familia, estaba a salvo.

A la mañana siguiente, mi cabeza explotaba. Gracias a los somníferos, me desperté tarde. Con el camisón arrugado, en chinelas y los pelos parados, ordenaba la cocina cuando sonó el teléfono. Para mi sorpresa, era Leo.
—Te estamos esperando, Cristina. ¿Qué te pasó?
—¿Cómo, Leo? No te entiendo: ayer vino la policía, nos metieron presos a todos y cerraron el Instituto.
Él se rió.
—No pasa nada, querida. Ya arreglamos con la cana. Venite que hoy pagamos un extra, y en efectivo. ¿Llegás tipo…?
—En una hora —dije sin pensarlo—. En una hora estoy.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Lun May 09, 2011 19:39    Asunto: La bendición Responder citando

La bendición

La blanca luz la encandilaba. ¿De dónde vendría? Sí, sí: del techo, amenazante. Seguramente los spots del estudio se reflejaban en las tensas gotas de sudor que lograban atravesarle la barrera cosmética. Carla empuñaba un pañuelo, lo retorcía entre sus manos húmedas, y la espera se le hacía eterna.
—Ya estamos —dijo una voz desde la oscuridad—. Un minuto y salimos al aire.
Vio que una mujer coloreaba las mejillas de la conductora del programa de cable.
—Tres, dos, uno… ¡Aire!
—Buenas noches. Bienvenidos a Arte Show, el programa de arte más visto de la televisión argentina. Acá estamos con Carla Rampanti, ganadora del premio Museo de Arte Moderno 2006. Buenas noches, Carla. ¿Cómo estás?
—Buenas noches, gracias por la invitación al programa.
—Fue una sorpresa muy grande que alguien tan joven ganara este premio. Las esculturas en tubos de estaño y cobre que expusiste son soberbias.
—Muchas gracias —contestó Carla, ahora con una respiración más natural.
—Sé que trabajás en una conocida galería de arte, ¿no es así?
—Sí, es verdad, hace cinco años que vendo arte.
—¿A que edad te iniciaste en el arte?
—A los seis años. Comencé a pintar con algunos maestros de barrio. En la adolescencia trabajé con excelentes artistas tanto en pintura como en escultura. Ahí, según creo, se definió mi estilo.
—¿Y cómo es Carla Rampanti en su vida personal?
—Bueno, soy casada y madre de dos hermosas nenas —Carla sonrió—. Reparto el día entre mi familia, el trabajo en la galería y mi tiempo para crear.


Se escapó apenas terminó el reportaje. Respiró con alivio el aire de la calle y caminó hasta su auto. Durante el viaje de regreso a casa se preguntó con fastidio hasta cuándo debería contestar las mismas obvias preguntas, repetidas una y otra vez. Aceleró. Quería zafar de la popularidad, esta nueva y forzada compañera de ruta.
Suspiró al atravesar la zona de casas bajas y jardines de Bella Vista, su refugio. Llamó a Martín para que abriera el portón y abrazó a las nenas, que salieron a recibirla.
Esa noche, como todas las otras, la familia compartió la cena hasta que las chicas fueron a acostarse.
—¿Venís, Carla? —dijo Martín después del cigarrillo.
—En un rato, amor.
Ya sola, ella cumplió el rito heredado de su madre: bendecir a las nenas al pie de la cama de cada una.
Y también bendijo a Martín, en silencio: se había dormido.
Desnuda, entró en la cama. Mirando el techo, se dijo que realmente estaba en su plenitud. Atendía su casa y a los suyos, y además había logrado un lugar privilegiado en el ambiente de la pintura.
Es cuestión de organización, pensó. Y de talento.


Al día siguiente preparó a las niñas para el colegio y despidió a Martín.
Ni siquiera terminó de ordenar la cocina. Se le dibujó una espontánea sonrisa cuando entró al atelier: ese era su reino, su área personal y privada, inexpugnable para el resto de la familia.
Recordó que muchos años antes, cuando había visitado la casa de Bella Vista por primera vez, preguntó por la construcción que se veía desde el ventanal del comedor. “Es un antiguo taller”, le contestaron. “Lo pueden demoler si desean ampliar el jardín”. Había atravesado el terreno esquivando charcos y matorrales, para entrar por primera vez al viejo edificio de paredes de ladrillo. Abrió el portón, y los haces de luz mostraron el contenido: una cadena de irregulares montañas coronadas por nubes de polvo. Al adaptarse a la penumbra, vio que se trataba de un conjunto de oscuras cajas y tambores abandonados. Y Carla vio algo más. Algo trascendente para su futuro. Meses después, con la ayuda de un arquitecto, transformó aquel espacio en un ambiente amplio y bien iluminado. Paredes altas, techo abovedado de chapa. Y la calidez del antiguo piso hueco de tirantes de madera. La pinotea original.

Entrada la noche, Carla cocinó pastas, que tanto les gustaban a Martín y a las nenas.
Pero él llegó tarde.
—Gente de afuera —explicó mientras cenaba algo ligero.
—¿Clientes nuevos?
—Yanquis.
Carla lo esperó en el dormitorio. Trató sin éxito de que él le contara más. Ya en la cama, lo abrazó.
—Me depilé toda, completa, para vos —le susurró al oído entrelazando sus dedos con el cabello de la nuca de él.
—Estoy muerto —obtuvo por toda respuesta—. Hasta mañana.

Las demoras, los hastamañana, se repitieron. Cada una de esas tardes, Carla extrañó el sonido de los gritos de Martín y las chicas jugando antes de cenar. No despegaba su vista del reloj de la cocina: él se retrasaba en el trabajo, y cuando abría la puerta con esa asquerosa mueca de inocencia, las nenas ya estaban acostadas.
Carla lo percibió desde el inicio. La sospecha se le fue convirtiendo en obsesión. Dejó de comer, sentía náuseas cuando escuchaba sus explicaciones: infantiles y evidentes excusas. Lo notaba en su expresión, en sus gestos, en su forma de acercarse. ¿Acercarse por compromiso, por obligación? Qué importaba: era otro hombre.
Carla tardó poco en asegurarse: lo siguió a la salida del trabajo. A través del vidrio polarizado del auto los vio: caminaban abrazados, sonriendo, con esa patética expresión de inocentes noviecitos.
Cuando se alejaron, instintivamente puso primera. Condujo por inercia. La ciudad se le volvió desconocida, borrosa. Dio vueltas sin rumbo fijo, secándose la cara con las mangas de la blusa.
Faltando poco para llegar a su casa, estacionó en una esquina cualquiera y bajó la ventanilla. Necesitó aspirar de una bocanada todo el aire de la fría noche, quería sofocar su ahogo.
No le diría a Martín que lo sabía: simularía, representaría su papel.

Hasta que un día Martín no volvió a su hogar. Tampoco fue a su trabajo.
Simplemente desapareció.
Sólo faltaba algo de ropa de su armario, su pasaporte y una maleta de viaje.
Los padres, hermanos y amigos la ayudaron, se movilizaron con ella tratando de localizarlo. Radicaron la denuncia sin que se hallara evidencia de su paradero. El detective de la causa la visitó:
—¿Notó algo raro últimamente en la conducta de su esposo?
—Revisando las cuentas encontré esto —dijo Carla, y entregó un resumen de gastos de la tarjeta de crédito.
—Veo que acá marcó una compra. ¿Un pasaje en micro?
—Sí, a Iguazú. Llamé a la Chevallier, y me confirmaron que fue comprado cinco días antes de que Martín desapareciera.
—Bien, me voy a llevar este papel —el detective miró de nuevo el comprobante y levantó la cabeza con expresión seria—. Iguazú, ajá, es algo bastante común —dijo—. Es una típica manera de salir del país sin dejar constancia. Cruzan en taxi a Paraguay o Brasil sin pasar por Migraciones. Siempre se puede untar a algún funcionario. ¿Su marido tiene deudas o anda en nuevos negocios?
—Creo que no —dijo Carla, y se enjugó una lágrima.
—Bueno —el detective guardó el comprobante en su saco—. Tengo una pregunta más —hizo una pausa—. ¿Sabía que su esposo tenía una amante?
Ella no contestó. Sólo alcanzó a taparse la cara.

En algunas semanas, la investigación entró en una tiniebla exasperante. El desasosiego creció entre los conocidos de Martín.
Carla se refugiaba en su casa, solamente acompañada por sus dos hijas.
Prescindió del personal doméstico. Rechazó las ofertas de ayuda de familiares y amigos. Ni siquiera aceptaba visitas, y cuando alguien iba a verla, se mostraba callada. Sus gestos le indicaban al allegado el deseo de que se retirara.
Durante esos días, entró al atelier frecuentemente. Pero, aunque lo intentó, no pudo pintar: cuando enfrentaba el lienzo, pincel en mano, se le nublaba la vista y respiraba con un jadeo. Hasta que sólo atinaba a escaparse hacia el jardín, tropezándose con todo.

Sus hijas seguían la rutina habitual, acompañadas única y obsesivamente por ella misma. Cuando volvían a casa, Carla las atendía hasta la hora de acostarse.
Empezaban a olvidarse de Martín.
Una de esas tardes, mientras tomaba la merienda, su hija mayor le pidió ayuda para realizar una tarea de su clase de artes plásticas:
—Tengo que hacer un retrato de la familia, mamá. ¿Me lo dibujás? Dibujalo a papi también.
—Sí claro, voy a dibujar a todos, a tu hermanita también ¿Lo extrañás a papi?
—Sí… ¿Va a volver?
—Sí amor, va a volver.
Carla bosquejó la imagen: los cuatro integrantes. La mejoró con trazos nítidos hasta que sólo faltaba darle color. La nena la pintó, con la mente en su mundo de juegos, hasta terminar el retrato de su familia completa, tal como su madre lo había concebido.
Esa noche, fiel a sus costumbres, Carla bendijo a sus hijas dormidas y fue al atelier. En un arrebato, tomó un lienzo enmarcado, lo colocó en el pie y, sin una idea definida, pintó. Sentía que sus movimientos eran ostentosos, su mano volaba entre la tela y la paleta.
Una composición de flores y hojas de colores pastel se insinuaba en el cuadro.
Y creó.
Volvía a sentirse plena.
Entonces, hizo una pausa en el trabajo.
Caminó unos pocos pasos y, en silencio, bendijo a Martín, quien yacía en su ataúd de metal, debajo del piso de tirantes de madera.
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Mie Feb 01, 2012 11:55    Asunto: Responder citando

Un sabor delicioso

Arrodillado en el pasto, Martín veía cómo el sable láser de Darth Vader partía al medio a Obi-Wan. A un costado, el pobre R2-D2 estaba de cabeza en la tierra. Y Chewbacca temblaba enojado, queriendo defenderlo al maestro Jedi.
—¡Chewie! —gritó Martín haciendo planear al simio por encima de Anakin Skywalker, que era como se llamaba de verdad Darth Vader—. ¡Chewbacca, el más poderoso! —volvió a dejar el muñeco en el pasto—. ¡Martín vence a los monstruos! —y con el camión verde de la basura les pasó por encima a los muñecos.
A Martín le gustaba jugar en el jardín de adelante. Se sentía seguro detrás de la reja.
Y más ahora: el perro del vecino pasaba por la vereda otra vez.
La bestia se detuvo y lo perforó con los ojos. La baba le colgaba de la boca, y se le veían esos colmillos filosos como espadas.
Me quiere tragar mal, pensó Martín. Me quiere tragar como en Jurassic Park. Paralizado, a punto de llamar a su mamá, la bestia desapareció.
Odiaba a ese animal maldito. A veces los otros chicos del pueblo jugaban a la pelota en la vereda, pero él nunca se atrevía: la bestia aprovecharía para abrirle la panza y arañarle los ojos y tragárselo entero. Cómo lo odiaba.
Se sentó y armó una ronda con los muñecos. Levantó la vista cuando oyó esa familiar voz de corneta. Por la vereda, la vieja caminaba adelante de su esposo, con la bolsa de las compras colgada del brazo. Don Arcadio la seguía, encorvado y lento. Martín lo estudió. Una tortuga, pensó. Una tortuga vieja y podrida.
—Si vos trabajaras —dijo la vieja—, si tuvieras alguna changa, podríamos vivir mejor. Pero mirate: sos una piltrafa.
La bruja malvada, pensó Martín recordando un cuento que le leía su madre. Seguro que le da brebajes a don Arcadio, para convertirlo en una tortuga podrida. Cada día camina más despacito, más arrugado.
—Hola, Martincito —dijo la vieja con esa sonrisa de víbora—. ¿Cómo estás? Mandale cariños a tu mamá.
Martín asintió con la cabeza y saludó con la manito. Ni loco se acercaría a esa bruja apestosa, y menos le hablaría. Podría robarle la voz y dejarlo mudo, como hizo Úrsula con la pobre Sirenita.
Los viejos se alejaron hacia el centro, y Chewie saltó y cayó parado sobre el camión verde.
—Querido —dijo su mamá asomada con la puerta entreabierta—, entrá a bañarte. Juntá todo y no dejes nada tirado.
Martín metió los juguetes en el canasto de la cocina.
—Ya te llené la bañadera. Cuando estés enjabonado me llamás. Como siempre.

—Mami —dijo Martín mientras ella lo frotaba con el toallón—, hoy pasó la bruja con don Arcadio.
—Otra vez con eso, nene. Ya te dije que la señora Amalia no es una bruja.
La madre lo levantó en brazos y lo llevó al dormitorio. Martín no parecía muy convencido.
—Mami —insistió—, don Arcadio se está convirtiendo en tortuga podrida. ¿Lo viste?
—Sí, pobre, se puso viejito.
—No, mamá. Ella es mala y le prepara un brebaje. Además, siempre lo reta por la calle. Es requetemala, mamá.
—Ay, nene… Bueno, acá tenés la ropa. No te pongas la remera al revés. Es la nueva, viste. La que te regaló la tía.
—Seguro que la bruja mezcla los brebajes en una cacerola grande que tira humo de colores. El humo llega hasta el cielo y mata a un montón de angelitos.
—Vestite, nene. Y no te pongas a jugar, que ya llega papá, y vamos a comer.

La ambulancia estacionó enfrente. Martín dejó caer a Darth Vader al piso.
Justo frente a la casa de la bruja, pensó. La vieja se debe haber tragado sus propios brebajes.
De pie, siguió cada movimiento: el hombre vestido de blanco sacó de la ambulancia una camilla con ruedas, la subió a la vereda y tocó el timbre.
Sí, venían a la casa de la bruja.
Al rato se abrió la puerta, y el mismo hombre salió empujando la camilla.
Martín notó que había un bulto encima: un cuerpo envuelto con una sábana, bien apretado como un matambre. A punto de llorar, no pudo contener el grito al llamar a su mamá.
—¡Martín, qué pasa! —dijo la madre asomándose al jardín—. Me asustaste.
Él señaló la ambulancia. Ya entraban la camilla por la puerta trasera, cuando la bruja salió a la vereda. Lloraba y se frotaba los ojos.
Martín se aferró a la pierna de su madre.
—Mami, ¿es don Arcadio?
—Sí, nene. Falleció esta mañana. Ya está con Dios.
—Mami, te dije… ¡Te dije que lo iba a matar!
La madre lo agarró del brazo y lo metió en la casa.
—Martín, no digas esas cosas. Es una falta de respeto.

Lo que menos le gustaba era eso: que lo llevaran de compras. Qué aburrido, la madre se la pasaría charlando con todas las chusmas del barrio. Nunca faltaba alguna asquerosa que lo ensuciara con besos. Y encima lo retaban si se limpiaba la cara con la manga.
—Hola, querida —oía Martín una y otra vez—. Qué grande está el nene. Es un hombrecito —le decían entre besos y caricias que lo engrasaban, que lo despeinaban.
—Cómo está, Amalia —dijo la madre, y Martín se sobresaltó cuando la bruja le estampó un beso pinchudo, de ésos con bigote como anchoa.
—Acá andamos. Tratando de seguir adelante.
—Todo pasa, doña Amalia —dijo la madre—. El tiempo cura todos los males.
—Qué remedio queda, en fin… Pero la vida continúa.
La madre tosió antes de hablar.
—Menos mal que nos encontramos —dijo—: necesitaba pedirle un favor. Tengo que cuidar a mi hermana por unos días. Se opera de la columna la pobrecita. Y necesito dejarle a Martín un rato a la tarde. Si no es demasiada molestia…
Martín le apretó la mano, y la madre le devolvió una de esas miradas de enojo.
—Sí, vecina —dijo la bruja clavándole los ojos a Martín y amagando a “acariciarlo” de nuevo—. No es ninguna molestia. Además el nene es una monadita.

—Mami, no quiero ir.
—Son dos o tres días, nada más. Te quedás un ratito a la tarde en la casa de enfrente. No es para tanto.
—¿Y si me da brebajes? Seguro que le pone cola de serpiente y ojos de lechuza, mezclado con escarabajos y hormigas. Un asco mal.
—La tía se va a poner bien enseguida, vas a ver.
—Las brujas a veces se disfrazan de señoras buenas.
—Ay, nene… Qué imaginación tenés. No te voy a leer más cuentos. Doña Amalia es una buena mujer. Es una viuda, sabés. Y la tenés que respetar.
—¿Qué es una viuda, mamá?
—Una viuda es alguien que tenés que respetar. ¡Y basta!

La bruja lo recibió con el beso más inmundo, un olor a comida de perro y puchos apagados. Entraron al living, y Martín se sorprendió con ese televisor. Gigante y requetefinito, pensó, como un cine. Nunca había visto algo así, salvo en las pelis.
—Acá tenés el control, tomá.
—¿Cómo se pasan los canales?
—Con esta flechita, ¿ves? Vas subiendo y bajando. ¿Te gusta el Nesquik? El del sabor delicioso, como dice la propaganda.
Martín no le prestó mucha atención a lo que le había dicho la bruja, pero no le importó. Se acomodó en el sillón y apuntó con el control a la pantalla. De reojo espió a la vieja, que ahora se metía en la cocina.
Desde su trono, Martín pasaba de un canal a otro. ¡Cinco canales de dibus! ¡Seis! Respiró hondo y sonrió: era poderoso como el rey del mar con el tridente.
Pero ya no lo preocupaba la señora Amalia. Nada que ver con Úrsula.

Arrodillado en la cocina de su casa, Martín alineó los soldados contra el zócalo y arrastró el tanque de guerra para aplastarlos.
Miró el reloj otra vez: el tiempo no pasaba y no pasaba. No veía la hora de volver a la casa de enfrente.
A eso de las tres de la tarde, dijo mamá que lo llevaría. Qué bien la había pasado el día anterior.

Pero tuvo que soportar otro beso y que le refregara el pelo con esa mano de lija.
—Hola, Martín. ¿Querés ver la tele? En un rato te preparo el Nesquik.
Descubrió un canal con animales de la selva. Los leones se comían a las gacelas, pero se las comían de verdad y todo.
—¡Martín! —gritó doña Amalia desde su habitación—. Mirá esto. Te va a gustar.
Le molestaba que lo interrumpieran. Los mayores siempre te llaman cuando estás más divertido, pensó. Pero debía obedecer.
Entró en el dormitorio.
Ella lo estaba esperando al lado de la ventana, sentada frente a un escritorio. Martín fijó la vista en la pantalla de la computadora, mucho más chiquita que la del papá.
—Fijate —dijo la vieja señalando la pantalla—. Es una tarjeta de cumpleaños. Si apretás acá con el mouse, el oso te da un paquete con un moño. ¿Ves?
Martín agarró el mouse.
—Acá —dijo la vieja—. Ésta es la tecla del mouse. Sentate. Muy bien. Apretás con el dedito, y el paquete se abre.
Su papá nunca lo había dejado acercarse a la computadora. Sin entender por qué, el corazón se le aceleró.
—¿Te gustan los juegos? —dijo ella—. En el sitio de Cartoon Network hay unos muy lindos.
En minutos, Martín se sacudía en la silla, deslizando el mouse para guiar el trineo de Scooby-Doo, que bajaba por una pista de esquí. Scooby esquivaba árboles y recogía manzanitas que le sumaban vidas.
—¿Te gusta? —dijo la vieja—. Cuando termines, vení al living. —Y agregó, con una sonrisa—: El Nesquik está listo.

Al día siguiente, Martín no despegaba los ojos del reloj. El sueño de Scooby-Doo lo había despertado varias veces durante la noche. Sus juguetes ya le parecían para bebés tontos.
Cuando la madre lo cruzó a la casa de doña Amalia, el beso de la vieja no le resultó tan asqueroso.
—¿Cómo estás, Martincito? En un rato te dejo la computadora.
—Gracias, señora Amalia.

Un rato después, doña Amalia lo sentó al escritorio y le sirvió su taza de Nesquik.
—¿Te gustan los jueguitos de la compu?
—Sí, me encantan, es mejor que jugar a la pelota. Mucho más divertido. Además el perro del vecino no me asusta.
—¿Quién te asusta? ¿El doberman de los Valdivieso?
—Sí, es remalo.
—Qué barbaridad, asusta a todo el mundo.
—Me mira como un lobo muerto de hambre. Me quiere comer.
Doña Amalia, pensativa, hizo una pausa. Y dijo, con un tono feo:
—Quedate tranquilo, pibe, que yo te voy a ayudar.
—¿Cómo me va a ayudar, doña Amalia?
No bien dijo eso, Martín se arrepintió. Notaba algo distinto en los gestos de la mujer.
—Le voy a dar algo para que coma. Algo que le guste mucho.
—¿Algo que le guste? —Martín casi se atraganta, y eso que no había comido nada.
—Sí, pero adentro le voy a poner un remedio. Vas a ver que cada día va a caminar más despacio.
—¿Cómo una tortuga vieja? —dijo Martín tratando de contener el llanto.
—Cada vez más despacito. Hasta que un día no lo vas a ver más.
Martín asintió. Trató de concentrarse en el juego, pero giraba la cabeza hacia la puerta de calle, deseando que su mamá tocara el timbre.
—¿No tomás la leche? —le dijo la vieja.
—No. Me duele la pancita, ¿vio?
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Marcelo di Marco
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MensajePublicado: Lun Mar 12, 2012 20:57    Asunto: Responder citando

Presagio

La pitonisa fijó la vista en los arcanos que había encolumnado sobre el gastado mantel de terciopelo.
—Veo un futuro lleno de amor —dijo, severa, tratando de infundir autoridad—. Encontrarás a la mujer de tu vida, a la madre de tus hijos.
—¿Mujer de mi vida? —dijo Enrique, secándose en el pantalón las manos húmedas—. En realidad, señora, como le dije antes de empezar, mi interés en el futuro es muy concreto y específico: quiero saber la fecha de mi muerte.
—Joven —dijo ella, y encendió un cigarrillo—, no cometa el pecado de la impaciencia. El Tarot nos iluminará. Dejemos que las cartas hablen.
De pronto la figura de la pitonisa empezó a desdibujarse. Enrique no se sorprendió, sabía que a esa imagen borrosa seguiría otra visión más clara: la visión del presagio. Y así fue: en su mente se desplegó un cielo turquesa salpicado con nubes de un blanco tan brillante que lo encandilaba. Las nubes se movían lentamente, se ordenaban formando símbolos… hasta que perfilaron una fecha. Sí, en las nubes se leía con claridad: 7 de octubre del 2016. Enrique supo que ese día, exactamente ese día, moriría esa gorda charlatana. Faltaban algo más de cuatro años. La revelación no lo conmovió.
Se encogió de hombros y abrió los ojos. Estudió ese sucucho plagado de candelabros, ordinarias esculturas de cerámica y cuadros oscuros. Todo sumergido en un aire viciado, humoso.
Y se preguntó por qué se había metido en tal tugurio, que no hacía más que reforzar su claustrofobia. ¿Para qué había recurrido a una tarotista en busca de una respuesta que seguramente no podría darle? Una respuesta al interrogante que lo oprimía, que oscurecía cada minuto de su existencia.
La pitonisa dio una profunda bocanada al cigarrillo y se lo calzó en la comisura. Recogió los arcanos y armó pilas que después mezcló, una y otra vez.
La ansiedad de Enrique aumentaba al observar los movimientos de aquella bruja. Y recordó que a los once años había descubierto su don, o —mejor dicho— su maldición. Ocurrió en forma espontánea y sorpresiva: mientras se dormía en la clase de Lengua de la señorita Amanda, un cielo turquesa intenso estalló en su mente. Y en ese cielo las nubes oscilaban, hasta que dibujaron algo legible: 14 de septiembre del 2023. Se preguntó el significado de esa fecha. Y supo, como si una voz interior le hubiera hablado, que ese sería el día en que moriría la señorita Amanda.
No entendió muy bien, y volvió a su casa preocupado y confundido. Cuando se lo contó a la mamá, ella lo metió de penitencia en su pieza, sin ver televisión, por hablar de “la muerte y esas barbaridades que no eran para chicos”.
Enrique guardó para sí el gran secreto: él podía presagiar la fecha de la muerte de todos sus parientes y conocidos. Con los años, fue comprobando que sus vecinos, sus tíos y… ¡hasta su padre! morían en la fecha indicada por las malditas nubes.
Sus predicciones se cumplían. Sólo existía una limitación: nunca pudo predecir la fecha de su propia muerte. Sí, las nubes sólo funcionaban con los otros.
Al acomodar un tercer arcano en la mesa, la pitonisa torció la boca.
—¡La agonía! —dijo levantando los brazos. La veo claramente. Veo además que en ese momento usted no estará solo. Hay una mujer. Esa mujer. Ella está a su lado —dijo señalando las cartas con su índice percudido de nicotina—. Y además veo chicos.
—¿Chicos? —preguntó Enrique, y se apretó el estómago para controlar las náuseas que siempre lo atacaban en espacios cerrados.
—Sí, niños de pie, rezando frente a su lecho mortal. Veo su cuerpo exhausto, envejecido. Usted es un anciano. Esos niños deben ser sus nietos —hizo una pausa, frunció el entrecejo y la nariz ganchuda, como si tratara de descubrir algo más en la tirada—. Sí: son sus nietos, con seguridad.
—Y la fecha de mi muerte… ¿sería?
—Quédese muy tranquilo, joven. Usted morirá dentro de muchísimos años.
Enrique meneó la cabeza.
—Ya le expliqué —dijo—. Necesito saber cuál será la fecha de mi muerte.
La bruja puso los ojos en blanco, pero no por haber entrado en alguna clase de trance: ya estaba harta de aquel imbécil.
—El Tarot —dijo, con voz de misterio— nos anticipa imágenes de lo que vendrá. En su futuro, el Tarot nos anticipa una muerte en paz: usted pasará a mejor vida rodeado de seres queridos. Deje de lado la angustia de pensar en el fin de su existencia. Busque a esa mujer. Viva su vida, joven.
—Mire, señora: si quisiera hablar de angustia, iría al psicólogo. En fin, veo que no puede responder mi pregunta. En ese caso, le agradezco y me voy.
—¿Cómo que te vas, papi? Me debés doscientos pesos.
—Disculpame —dijo Enrique, levantándose. Las gotas de sudor le rodaban por la espalda, y el confuso mareo no le permitía orientarse hacia la puerta por la que había entrado—. Yo vine con una sola pregunta, y muy precisa. Una pregunta que no respondiste, así que no creo que te deba ni un centavo.
—Escuchame, infeliz —dijo la gorda—: primero garpá, y después te vas —puso cara de pensárselo mejor, y fue hasta la puerta y abrió dando gritos—. ¡Cacho! ¡Cachooo!
Con una musculosa agujereada que no alcanzaba a cubrir su desmesurada panza y con barba de varios días, el mono de más de ciento cincuenta kilos salió de atrás de un cortinado. Se restregó los ojos y lo perforó con la mirada.
—Nene —dijo la bestia—, ni se te ocurra no pagarle a la señora. Me despertaron de la siesta, y eso me rompe las pelotas, ¿entendés? Dejale la platita a la señora y andate sin chistar.
Enrique sólo atinó a buscar los billetes en el jean. El corazón se le había desbocado y temió desmayarse ahí mismo, en ese inmundo antro. Sin decir palabra, le entregó el dinero a la estafadora. El gordo lo arrastró del brazo hasta la calle.
Otro fracaso. ¿Qué medio no había probado para conocer el día en que moriría? Se había mantenido inmóvil frente al espejo durante horas, observando su imagen. Intentó con fotos y películas de sí mismo. Sin resultados.

Esa noche cenó en lo de Elenita y no mencionó el ridículo incidente con la pitonisa. Elenita habló mucho en la sobremesa: de la fiesta de casamiento que organizarían en el salón de Villa Urquiza, de la lista de invitados, de los nombres que les pondrían a sus hijos. Enrique se tragaba los bostezos y se esforzaba en concentrarse y escucharla. Ella no sabía —¿cómo podría saberlo?— que moriría en abril del 2068, a los ochenta y cuatro años. Y era muy tranquilizador para Enrique imaginar que en el 2068, por una mera cuestión biológica, él ya habría fallecido: así, no sufriría el entierro de su esposa.

Se asomó desde la ventanilla de la caja 4 para controlar el salón: ningún cliente en la sucursal. Se preguntó por qué tan poca gente concurría al Banco los miércoles en la mañana. En la caja de al lado, Lisandro, su compañero, hojeaba el Clarín.
—¿Cómo te fue ayer en el psicólogo, Lisan? —preguntó Enrique con voz arrastrada, en un intento por distraerse y no dormirse colgado de esa silla.
—El doctor Kachavsky es un capo —dijo Lisandro—. Camila está recontenta con la terapia de pareja. Parece que el tipo nos conociera de toda la vida. Ayer a la salida nos fuimos a un telo.
—¿Con… quién? ¿Los tres?
—No, pelotudo, con mi jermu.
—Ah.
—Este doctor nos ayuda un montón. Nos hace entender que lo que para nosotros son problemas sin solución, son temas ya estudiados por la psicología.
Temas ya estudiados por la psicología.
Esa frase impactó a Enrique. Se acodó en el mostrador, contemplando las solitarias butacas.
¿Y si la ciencia tuviera explicación para su caso? ¿Y si presagiar la fecha de la muerte de la gente fuera un trastorno común, conocido por la psicología?
—Me gustaría ir a ver a ese Doctor Kaschas… no sé cuánto, Lisandro. Con Elenita nos llevamos bien, viste, pero a veces discutimos mucho. ¿Me darías el teléfono de tu psicólogo?

Enrique no sabía por dónde empezar. Para peor, el viejo lo estudiaba con la expresión de presidente de mesa examinadora, mientras se acariciaba la barba.
—Doctor Kaschasky —dijo Enrique evitando esa mirada de búho—, algo le conté por teléfono.
El otro asintió.
—Yo presagio… mejor dicho, , la fecha en que morirá la gente. Desde chico me pasa eso. Es terrible. En el secundario me enamoré. La chica me volvió loco, era una morochita tan linda. Y yo le gustaba a ella, pero… supe que la pobre moriría muy joven, a los dieciocho años. Y me aparté, no quise saber nada.
—A ver, Enrique —dijo Kaschasky—. Usted dice que adivina o supone que una persona fallecerá un día determinado. ¿Cómo está seguro de que su presagio se cumplirá?
—Lo comprobé muchas veces: todos murieron el día que yo había presagiado. Lo peor fue con el viejo —Enrique hizo una pausa, se acomodó en el sillón, se imaginó a sí mismo dando un portazo y escapándose de esa sesión de tortura, pero prosiguió con voz entrecortada—. Cuando mi papá falleció, yo tenía quince años. Sabía el día en que iba a pasar, pero el viejo estaba sano, impecable. Tuve la esperanza de que esa vez, aunque sea esa vez, me equivocaría. Cuando llegó la maldita fecha, no me atreví a quedarme en casa. Me escapé… y vagué como un zombi por Palermo y por la Costanera. Volví a las doce de la noche, en punto. Al abrir la puerta de casa, mi vieja lloraba en el sillón, rodeada de mis tíos y mis primos.
—¿Se cumplió la predicción entonces?
—Un infarto masivo. Cayó como una bolsa de papas en el subte. Cuando volvía del banco, pobre papá, laburando todo el día… Doctor, se lo digo con dolor: mis presagios siempre se cumplen.
—Ajá —dijo el viejo, y parecía no tener idea de cómo seguir—. Ajá. Bien. ¿Alguna vez estuvo medicado? Me refiero a medicación psiquiátrica: sedantes, ansiolíticos.
—Doctor, yo necesito saber cuándo me voy a morir. Si lo supiera, todo sería diferente. Estaría tranquilo, en paz. Hay momentos en que me pongo muy mal.
—¿Muy mal?
—Transpiro, tiemblo, mi corazón funciona a mil. Los demonios juegan con mis nervios. Hace un tiempo empecé a tomar Alplax. Los compro sin receta en la farmacia de Córdoba y Esmeralda. Probé con una pastilla. Ahora tomo cinco por día, doctor, cinco. ¡Y estoy cada vez peor!
—Cinco comprimidos, de cinco miligramos me imagino. Es demasiado. —Se acarició la barba y preguntó—: ¿Y cómo le va en su trabajo?
—Un desastre, en cualquier momento me despiden. A veces me habla un cliente y no lo escucho, sólo veo que mueve los labios. Mi jefe ya me advirtió que tengo que prestar más atención. Mi novia me dice que soy un colgado, que tengo la cabeza en la luna.
—Enrique, los trastornos de ansiedad tienen origen en causas muy complejas. Causas que muchas veces residen en lo más profundo de su estructura psíquica…
Y siguió una larga perorata que Enrique ni registraba: se distraía con la biblioteca, los diplomas colgados en la pared, los papeles del escritorio. Aspiraba hondo y retenía el aire, trataba de controlar esas explosivas palpitaciones que retumbaban en su cabeza.
—¿Me escucha, Enrique? En las próximas sesiones me contará de sus padres, de su infancia.
—Doctor, ¿usted sabe si hay algún antecedente como el mío? ¿Alguien al que le pase lo mismo?
—Veámonos en una semana. No deje el Alplax, pero siga con una dosis diaria de dos comprimidos de cinco miligramos. Uno en la mañana después del desayuno, el otro antes de acostarse.
—Para mí sería importante saber si lo mío es normal. Quiero entender si estoy enfermo o qué.
—Tranquilo, Enrique —dijo el barbudo espiando el reloj en su muñeca—. Con el tiempo lo podrá superar. Nos vemos en una semana.
¿Tiempo? Ese infeliz no había entendido el calvario, la asfixia. ¿Tiempo? Si cada minuto del día lo hundía más y más. Claro, qué le importaría a ese viejo. Después de él atendería a algún ejecutivo con estrés, o una menopáusica con depresión.
Y yo debo arrastrar esta incertidumbre, pensó Enrique. Si por un instante pudiera dejar de pensar. Desconectar mi cerebro, sólo por un instante.
—Hasta la semana que viene —dijo levantándose.

Fue una sorpresa.
Al despertar a la mañana siguiente, percibió que su corazón latía con parsimonia, que su respiración fluía lenta y calma.
Se desperezó. Había amanecido animado. Mejor dicho, iluminado.
Abrió la ventana del living de par en par y le sonrió a ese cielo turquesa. Un cielo diáfano. Sin nubes agoreras.
Qué hermoso día, pensó, y se dio cuenta de que jamás —jamás hasta esa mañana— había apreciado el color del cielo, o se había alegrado por el clima.
Seleccionó a Spinetta en el Ipod. Le dio volumen mientras calentaba el agua para el mate.
Finalmente había ocurrido. Al plácido despertar le siguió una clara convicción: ¡se le reveló la fecha de su muerte! No lo había sorprendido el presagio de las nubes, como otras veces. Simplemente lo supo.
Se metió la billetera y el celular en el bolsillo, como todos los días. Entró en la estación Olleros, dirección a Catedral.
En el momento en que vio llegar al subte, respiró profundo. Dio el paso… y cayó desparramado entre las vías.
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