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KARL HEINRICH ULRICHS



 
Publicar nuevo tema   Responder al tema    Foros de discusión -> El Ágora de Alephville
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DELLWOOD
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Registrado: 25 May 2001
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MensajePublicado: Mie Abr 25, 2012 04:07    Asunto: KARL HEINRICH ULRICHS Responder citando

    
    
    
    
    
    


El Romanticismo, como la mayoría conviene, más que una convención crítico-didáctica de la Historia de las Artes es una efusión del alma capaz de manifestarse en cualquier momento, lugar y situación. De todos modos, como todos sabemos, es el S. XIX y, sobre todo, en Alemania, cuando esa efusión se vuelve erupción arrasadora en todas las facetas de la vida de entonces y de ahora.

Suele presentarse el eje axial del Romanticismo como un apasionado canto de deseo de libertad. El romántico que es artista no soporta la opresión de los ceñidísimos corsés de la norma neoclásica en salones de equilibrada arquitectura, sino que prefiere erguirse a pecho descubierto en los más escarpados acantilados del ser. Pero el artista que es romántico, en tanto que artista, no está ahí para crear, sino para recrear; quizás su obra persuade, difunde, alecciona, manipula, pero en realidad, sólo refleja, expone, marca. La libertad romántica se expande por todos lados pero en dos direcciones: hacia adelante, con los los períodos revolucionarios en política, y hacia atrás, buscando la esencia de los pueblos -volkgeist- a través del nacionalismo. Pero aún es más: hacia el último cuarto del siglo XIX ocurre que esa necesidad de renovación social que busca la libertad en todos los aspectos llega a tres colectivos que ya no pueden más: los negros, las mujeres y los homosexuales.

Suele decirse -no sin una gran dosis de acaparamiento manipulador- que la historia del movimiento de liberación homosexual nace con las revueltas por la redada policial en un pub gay de Nueva York a comienzos de los años setenta. Pero no es cierto; mucho antes hubo ya quien se enfrentó al sistema en busca de una normalización.



Kar Heinrich Ulrichs nació en 1825 en lo que entonces era aún el Reino de Hannover -hoy región al noreste de Alemania. A los catorce años conoció el amor en las riendas de su instructor de equitación. Después, se graduó en Derecho y Teología en la Universidad de Gotinga, para pasar luego a estudair Historia en la de Berlín. Escribió una tesis en latín sobre la Paz de Westfalia y encontró trabajo en Hanover como asesor judicial del juzgado de Hildesheim. Tuvo que cesar en su labor para evitar un proceso que podía encarcelarlo.

A Ulrichs le gustaba Platón, o mejor dicho, leyó con aprovechamiento las obras del gran discípulo de Sócrates, sobre todo El Banquete. Regresar a la Atenas del S. IV antes de la era común para buscar la esencia de las cosas que conforman lo que se dio en llamar Occidente no deja de ser un hecho de sumo romanticismo. En el diálogo sobre el amor de Platón más que diálogo hay diferentes tipos de disertación sobre -según Fedro- el más viejo de los dioses. A continuación, Pausanias dice que el amor no puede ir sin Afrodita, la belleza, y que como hay dos Afroditas, hay dos tipos de amor: una, Afrodita Pandemo -literalmente de todo el pueblo- hija de Zeus y Dione, que es terrenal, sensual e inspira el amor carnal, y otra, Afrodita Uranía, hija del cielo -Urano- celestial e incorpórea: de los sentimientos. Esta dicotomía platónica , claro está, se basa en su famosa teoría del conocimiento, de carácter marcadamente bimembre, donde hay un binomio entre el conocimiento del mundo sensible y el mundo de las ideas, así como ambos mundos se bifurcan en creencias e imaginaciones, por un lado, y en dialéctica y lógica por otro. Ulrichs se puso a escribir y publicó bajo el seudónimo de Numa Numantius Estudios sobre el misterio del amor masculino que se resumen en la máxima anima feminae virili corpore inclusa (que hoy nosotros usamos para los estudios de reasiganción sexual en cateogoría transgenérica) Como es obvio, lo de inclusa hace una muy clara referencia a esa necesidad de liberación típica del romanticismo. A los hombres que aman a los hombres, los denominó uranistas, y no sin grandes problemas con la justicia por sus aseveraciones - sus libros fueron prohibidos- se dedicó a viajar por Alemania difundiendo el uranismo :

Cita:
“Hasta el día de mi muerte, miraré hacia atrás con orgullo por haber encontrado la valentía para enfrentarme cara a cara al espectro que por tiempo inmemorial ha estado inyectando veneno en mí y en hombres de mi naturaleza.”
— Karl Heinrich Ulrichs


    
    
    
    
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Dom Feb 24, 2013 07:34    Asunto: Responder citando

Ulrichs, además de ensayos, también se dedicó al arte de la literatura, tanto en prosa como en verso. Uno de sus más conocidos trabajos literarios en prosa es el cuento titulado Manor, de profunda raigambre romántica y por supuesto, destinado a sostener la idea de la causa homosexual.

Para ello, lo encuadra en el escenario del ambiente de los vampiros, pues hay amores tan fuertes que no sólo se desarrollan en vida, sino que van más allá de la muerte y ningún humano, por poder que tenga, es capaz de detener ese sentimiento.

Ulrichs utiliza el mito griego de Hero y Leandro que narra Ovidio. Leandro todas las noches cruzaba a nado el Helesponto para verse con Hero, hasta que una noche de tormenta se ahogó y Hero, desolada, se suicidó lanzándose por el acantilado.

Los nombres que utiiza también son parlantes. Har es uno de los nombres que se le da al Padre de los Dioses escandinavos, Odín (quien posee doscientos nombres) Literalmente significa Altísimo y es de procedencia indoeuropea: en sánscrito adjetiva a Shiva, o el mantra Hare Krsna ,aunque aparece también la forma en lenguas no indoeuropeas: en akadio y en hebreo, Har significa monte, que no deja de ser una referencia a la altura, y en egipcio también aparece con alta dignidad divina en la forma Horus. Lara, náyade de la mitología romana. Júpiter, no correspondido por Yuturna, que se arrojó al Tíber, pidió a las náyades le auxiliaran. La única que no cumplió fue Lara, que se fue a donde Juno, esposa de Júpiter, a contárselo todo.
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DELLWOOD
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MensajePublicado: Dom Feb 24, 2013 07:35    Asunto: Responder citando

MANOR

Karl Heinrich Ulrichs
(1984)



En medio del Mar de Noruega hay un archipiélago de treinta y cinco desoladas islas solitarias; las Islas Feroe –a distancia equidistante de Escocia, Islandia y Noruega- son yermas, rocosas y cubiertas de niebla. El melancólico graznido de las azogadas gaviotas resuena por doquier. Todo lo que el ojo humano alcanza a ver del paisaje está cubierto por las estrepitosas olas que surgen de la densa bruma. Las montañas alcanzan cotas entre los mil ochocientos y los tres mil pies sobre el nivel del mar. Hay escarpados acantilados de dentadas gargantas, espesos bosques de pinos y miles de cascadas que se derraman desde las alturas y se estrellan de risco en risco. Las riberas de los ríos, profundamente esculpidas, son casi inaccesibles por los arroyos y los fiordos. El mar, limitado por roquedos y escollos, se precipita rabiosamente en tempestuosos remolinos.

Diecisiete de las islas están deshabitadas. Dos de ellas, Streymoy y Wagoe, están sólo separadas por un canal tan estrecho y tan tranquilo que un valiente nadador podría cruzarlo a nado. Algunos nombres de lugares evocan el remoto pasado, cuando todavía la Iglesia no se había establecido en el lugar. Por ejemplo, el puerto de Thoersavn, en la costa de Streymoy, fue llamado así en honor del dios del trúeno, representado con una maza en la mitología nórdica.

Hace tiempo, un pescador y su hijo de quince años zarparon de Thoershvn en una barca de remos. Durante una tempestad, la embarcación naufragó frente a las costas de Wagoe y el chico fue arrastrado hasta la escollera. Lo vio un joven marinero que se lanzó al agua para nadar hasta él. Tras haberlo rescatado, lo depositó sobre las rocas, levantó el cuerpo seminconsciente y lo mantuvo contra su regazo. Entonces el chico abrió los ojos.

--¿Cómo te llamas?—preguntó el marinero.
--Har.Soy de Streymoy.—respondió el muchacho.

El marinero lo llevó por el estrecho de Streymoy, junto a su madre, Lara. Cuando el marinero ya estaba a punto de partir, el muchacho se abrazó a su salvador. Después, el mar devolvió a la tierra el cadáver de su padre.

El marinero se llamaba Manor. Era huérfano y cuatro años mayor que Har. Le había tomado cariño al chico y ansiaba volver a verlo. De vez en cuando, cruzaba a remo el estrecho canal de Stremoe; en las tardes de verano, cuando las aguas del canal eran más tibias, lo cruzaba a nado después del trabajo. Har lo esperaba en la orilla, subía al acantilado y hacía ondear su pañuelo cuando avistaba el bote. Pasaban juntos un par de horas, en el bote, entonando canciones de marineros, y después remaban a través de aguas tranquilas; o se desnudaban, se zambullían entre las olas y nadaban hasta la playa para ir a ver las focas. Algunas veces se internaban en el espeso y oscuro bosque de inmensos pinos, donde se decía que podía ecucharse la voz de Thor. Otras veces se sentaban bajo los árboles de la playa para charlar y hacer planes de futuro. Un día, cuando vieron pasar por el canal un ballenero, decidieron embarcarse juntos y Manor pasó su brazo sobre los hombros de Har y le llamó mi niño. Y su niño nunca era tan feliz como cuando manor hacía esto. Si algún día Manor se retrasaba, éste caminaba junto a los arbustos de lilas par ir a tocar la ventana de Har, que se despertaba, salía de la casa e iba a su encuentro, pues sólo junto a Manor se sentía plenamente feliz.

II

Un día atracó en el puerto de Wagoe un barco danés de tres mástiles; buscaba reclutar una tripulación para una singladura de dos meses. Manor subió a bordo y el capitán, complacido con su agilidad, lo contrató de inmediato. Har también quiso que lo contrataran como grumete, pero su madre, al enterarse, le dijo:

--Eres mi único hijo. El mar se ha cobrado la vida de tu padre. ¿Acaso tú también quieres abandonarme?

Har permaneció, así pues, en tierra firme. Manor zarpó con el barco de tres mástiles.

Los dos meses fueron pasando hasta que el invierno empezó a inundar el aire. Como era su costumbre, Har subía a los acantilados para otear en la distancia. Una mañana vio que se acercaba un barco y con suma alegría agitó su pañuelo. Pero en el cielo se gestaba una tormenta y la marea estaba en la pleamar. El barco se dirigía al puerto de Wagoe pero la tempestad le impedía atracar, encalló frente a la costa de Stremoe y comenzó a hundirse frente a los ojos de Har. El joven podía ver claramente a los náufragos debatiéndose entre las olas; observó que un fuerte brazó se agarraba a un tablón y seguidamente ambos se hundían. Har no sabía quién era aquel, pero se trataba de Manor.

El mar arrojó a tierra muchos cadáveres que fueron amontonados sobre montones de paja. Har ayudó en la identificación de los cuerpos. Hasta que descubrió el de Har y examinó sus cabellos mojados, sus párpados cerrados, sus lívidas mejillas y sus violáceos labios. Su esbelto cuerpo estaba frío, pero a pesar de que carecía de vida, permanecía hermoso.

--Manor...--sollazaba Har desvaneciéndose sobre el cuerpo amado--Este resultó ser nuestro destino!!

Por un instante gozó de la alegría de un último abrazo. Ese mismo día dieron sepultura a todos los náufragos en las dunas de Wagoe.

Har pasó la noche en la cabaña, consolado por su madre. Pero él siquiera la oía. Antes de acostarse, maldijo a todos los dioses. Casi todo el tiempo lo pasó en vela. Hacia la medianoche, cuando estaba a punto de quedarse dormido, escuchó un ruido en el exterior. Los arbustos de lilas se estremecían y se oía el ruido de la hojarasca. La vetnana estaba abierta y en ella se enmarcó la silueta de una persona que rápidamente entró en la estancia y en su cama. Har temblaba pero no se atrevía a moverse. Una mano gélida le acarició el rostro. A pesar de la penumbra, Har reconoció a la persona. Un gélido espasmo le sacudió la espalda. Unos labios completamente helados besaron los suyos, ardientes. Las ropas estaban empapadas. El miedo, mezclado con la alegría, se apoderaron de Har. La silueta de Manor pareció suspirar y dijo:

__Mi amor me condujo hasta aquí. En mi tumba no pude hallar paz.

Har no se atrevió a pronunciar ni una sola palabra.

Finalmente, Manor se puso en pie y dijo que tenía que regresar. Saltó por la ventana y desapareció.

Esa noche, un pescador navegaba en su bote por el estrecho de Stremoe,mientras los remos se movían entre brillos chispeantes. Oyó algo y observó que una figura de gran tamaño, surcaba el agua. No supo lo que era, pero sabía que no era un pez.

III

Manor regresó la noche siguiente. Su cuerpo seguí igual de frío pero fue más exigente. Besó a su niño y luego recostó su rostro sobre su pecho. Har temblaba de miedo y su corazón latía frenéticamente mientras permanecieron abrazados. Manor besó el lugar de dónde provenán los latidos. Entonces, Manor empezó a succionar un pezón. Después de un rato ,se fue. Har se quedó con la sensación de que un animal le hubiese chupado la sangre hasta dejarlo exangûe.

Esa noche, el pescador también estaba en el estrecho. A la misma hora que la noche anterior, volvió a escuchar el mismo ruido, pero más cercanos. A la luz de la luna pudo ver que se trataba de la figura de un hombre. Nadaba como un marinero pero llevaba la vestimenta de los difuntos. Pudo ver, cuando el nadador lo miró, que nadaba con losojos cerrados. El pescador se asustó tanto que recogió sus redes y regresó a la orilla.

Manor continuó visitando a Har todas las noches. Cuando Har se dormía, yacía junto a él y velaba su sueño. Todas las noches los labios de Manor exploraban el pecho de Har. Después de algunos amaneceres, Har percibió que de sus pezones manaba una gota de sangre. Se la limpiaba con su camisa, pero como por arte de magia, la gota de sangre volvía a aparecer.

En ocasiones, algunos muertos desean visitar a sus seres queridos y algunos abandonan sus tumbas para acercarse a ellos. Una antigua leyenda dice que Urdaneta, posedor de verdaderos poderes demoníacos, es responsable de estos transitorios momentos de vida de los muertos. Una de las princiaples preocupaciones de Urdaneta son los difuntos que fallecieron jóvenes y de forma violenta. Sus corazones se alimentan de la sangre de los vivos y anhelan su amor. Pero en los vivos sólo causa dolor.

Así le ocurría a Har. Durante el día sufría angistiosamente y por la noche anhelaba impaciente el placer y el abrazo de Manor.

IV

Pasaron doce días.

—Estás pálido como un fantasma, ¿qué te ocurre, Har? —le preguntó Lara a su hijo.

—Nada, mamá—respondió él.

—Estás tan desanimado…

Har suspiró.

En una pequeña casa en las afueras de la aldea vivía una mujer vieja y sabia que
practicaba la brujería. La madre de Har, vencida por la preocupación, fue a visitarla. La
anciana arrojó sobre la mesa sus varillas rúnicas.

—Un muerto lo está visitando —sentenció la anciana.

—¿Un muerto? —replicó Lara.

—Así es. Un muerto lo visita durante la noche. Alguien morirá si no se hace nada
para evitarlo—respondió la sabia mujer.

Perpleja, Lara regresó a su casa.

—Har, ¿es verdad que un muerto te visita? —le preguntó a su hijo.

Los ojos del niño se clavaron en el suelo.

—Es Manor —susurró, acurrucado contra el pecho de su madre, secándose las
lágrimas.

—Que los dioses se apiaden de ti —dijo ella.

—¡Los dioses! —chilló Har—. ¡Los dioses no significan nada para mí! Cuando
Manor se aferraba a la tabla, luchando por su vida, ¡oh, ese era el momento en que
podrían haberse apiadado de mí! Pero dejaron que se ahogara, ¡oh, cómo lo amaba!

Cuando Lara descubrió la sangre, fue a ver a los ancianos de Wagoe con la vieja bruja.

—La inseguridad de sus sepulcros nos ha puesto a todos en peligro. Un hombre sale
todas las noches de su tumba, viene a donde nosotros y chupa hasta saciarse la sangre de
este pobre muchacho.

—Nos aseguraremos de que no vuelva a ocurrir —respondió la gente de Wagoe.

Hicieron una estaca de pino tan alta y gruesa como un hombre. Talaron en ella una punta de unos treinta cms. Y luego se dirigieron a las dunas donde habían sido enterrados los marineros. Abrieron la tumba de Manor.

—Miren, no se ha movido desde el día en que lo sepultaron —dijo una de las
personas de Wagoe.
—Eso te parece porque se mete en el mismo lugar cada vez que regresa —replicó la
anciana sabia.
—Casi se ve mejor ahora que el día en que lo enterraron… —dijo otro habitante de
Wagoe.
—Ya lo creo —respondió la anciana—. Y esa es la razón por la que Har está tan
pálido.

Har se acercó a la tumba y se arrojó sobre el cuerpo de su amado.
—Manor, Manor—sollozó, con voz temblorosa—. Van a clavarte una estaca en el
corazón. Manor, despierta. Abre los ojos. Soy yo, tu Har.
Pero Manor no abrió los ojos; se quedó inmóvil entre los brazos de Har. Se
cumplían dos semanas de su muerte.
Har se negaba a soltarlo. Debieron apartarlo de la tumba a la fuerza; colocaron la
estaca en el pecho de Manor. Har se dio la vuelta, con el corazón roto. Se echó en brazos de su madre y hundió el rostro en su hombro.
—¡Madre!—gritó—. ¿Cómo has podido hacerme esto?
El hacha golpeó la estaca, que emitió un profundo quejido. Al primer golpe le siguió
otro, y otro, y otro.
—Debíamos hacerlo—dijo uno de los hombres de Wagoe.
—Si eso no lo mantiene en su sitio, nada lo hará —dijo otro.
Har se desvaneció.
—Él ya no te molestará nunca más, hijo mío —susurró Lara, cuando volvieron a
casa.
Afligido, Har se fue a la cama.
—Ahora jamás lo volveré a ver—dijo en voz alta, lleno de tristeza.
Estaba cansado y débil. Mientras daba vueltas en su cama, los minutos pasaban tan
lentamente como si fueran horas. La medianoche llegó y Har aún no lograba conciliar el
sueño…
¿Qué era ese ruido? En el arbusto de lilas… Pero no, era imposible, pensó Har. Sin
embargo, oyó el crujido de las ramas, al igual que las noches anteriores. La ventana
estaba abierta. Era Manor. La escena dejó a Har sin aliento. El pecho de Manor
mostraba una herida abierta que le atravesaba todo el cuerpo. Se recostó junto a Har, lo
abrazó y empezó a chupar. Succionaba con avidez, con más ansias que nunca.

Pero esa noche Lara se despertó y escuchó silenciosamente, temiendo por su vida.

Por la mañana entró en la habitación de Har y se acercó a su cama.
—Mi pobre niño. Regresó, ¿verdad? —preguntó.
—Sí, madre—contestó Har—. Era él.
La cama estaba manchada con la sangre del muerto, la sangre que se había escurrido
de su herida.

Horas más tarde, Lara, la anciana sabia y los ancianos de Stroemoe se embarcaron a
través del estrecho, esta vez sin Har. Regresaron a la duna y abrieron la tumba de nuevo.
La estaca ya no estaba en el pecho de Manor, pero seguía clavada en la tierra. Sin
embargo, Manor permanecía quieto junto a la estaca y sus rodillas le acariciaban la
barbilla. La estaca le impedía estirarse.

—Se liberó —dijo la anciana sabia—. Pero la estaca está intacta…
—Subió atravesando la estaca—dijo una de las personas de Wagoe.
—Pero para eso se necesitaría una fuerza extraordinaria—dijo otra.
Con la ayuda de la anciana sabia, fabricaron una estaca más resistente, con la punta
el doble de gruesa que la estaca anterior. Tras quitar la vieja estaca, atravesaron a
Manor con la nueva.
—Ya está bien clavado —dijo el hombre del hacha, golpeando la estaca una última
vez.
—Ahora sí que nunca más saldrá de esta tumba—exclamó otro hombre de Wagoe.
Lara volvió a casa y le contó a Har lo ocurrido.
—Se acabó—pensó Har, metiéndose en su pequeña cama.

Har permaneció despierto hasta la medianoche. Todo estaba en calma. Nada se movía;
más allá de la ventana, las ramas del arbusto de lilas estaban quietas. El pescador ya no vio a ningún nadador cruzar el estrecho y, tranquilo, siguió pescando.

—Ahora te dejará en paz —decía Lara—. Te atormentaba tanto…
—Madre, madre querida… él no me atormentaba —sollozaba Har, acabándose la
voz, hablando en vano—. Madre… ya no tengo nada más por qué vivir.

—Es que estás cansado y débil, hijo.

Har estaba tan consumido que ya no podía levantarse de la cama.

—Puedo oír su voz llamándome—susurró.

Había transcurrido un mes desde el naufragio. Una mañana , temprano, Lara estaba sentada en la cama de su hijo mientras él dormía. Comenzó a llorar y el chico abrió los ojos.
—Madre—dijo Har con voz débil—. Voy a morir pronto.
—No, no, hijo mío—replicó ella—. Eres demasiado joven para morir.
—Pero moriré. Manor estuvo conmigo otra vez. Hablamos —dijo Har—. Nos
sentamos en una roca, como solíamos hacer, bajo los árboles de la playa… y me rodeó
los hombros con su brazo y me dijo «mi niño». Vendrá a buscarme esta noche. Me lo
prometió. No puedo soportar la vida sin él.

Lara se inclinó sobre Har y las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Mi pobre niño—sollozó, acariciándole la frente.
Cuando la noche llegó, Lara encendió la lámpara y se quedó a su lado, junto a la
cama, velando su sueño. Permaneció despierta, contemplando la distancia en silencio.

—Madre…—dijo Har.
—¿Sí, mi querido hijo? —preguntó ella.
—Entiérrame en su tumba —pidió—. Y por favor… quiten esa horrible estaca de
su pecho.

Ella prometió cumplir su palabra, le apretó la mano y lo besó.

—No puedo esperar para estar de nuevo a su lado.

Llegó la medianoche. Recuperado por un instante, Har levantó la cabeza, como si
estuviese oyendo algo con suma atención. Con los ojos brillantes, miró hacia la ventana,
hacia las ramas del arbusto de lilas.

—Mira, mamá, allí está.

Esas fueron sus últimas palabras. Puso los ojos en blanco, se hundió en la almohada
y murió.

Lo enterrarin tal y como lo había pedido.
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