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LA ANTIGUA VAMURTA


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Autor Mensaje
Marcus
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MensajePublicado: Mar Feb 17, 2009 08:59    Asunto: Capítulo II Responder citando

Capítulo Segundo
“VIVIR EL SITIO"




Sara miraba fijamente cómo su madre escogía los objetos más preciados de la casa, empaquetándolos en fardos cubiertos de tela y atados con cuerda. Nunca había visto a su madre moverse con tanto sosiego. Intuía que todo se estaba transformando en muy poco tiempo. A la ciudad habían ido llegando más y más gentes de las marcas, a pie o arrastrando carros con sus cuatro pertenencias. Eran gentes asustadas, que se amontonaban por las plazas cercanas al puerto. Más tarde comenzaron a llegar hombres de armas. Ya no llegaban familias de payeses. Muchos guerreros alcanzaban la ciudad heridos, sin fuerzas, e iban a morir entre largas agonías a la Casa de las Curas. Los rostros sin expresión de los que volvían, las prisas y las carreras por las calles de la ciudad, las reuniones improvisadas en las plazas, llenas de gritos y rumores. Noticias, mentiras, medias verdades que se extendían deprisa...
Ya hacía unas cuantas semanas que no iba al taller de su maestro platero, donde pulía el metal y en alguna ocasión le permitían trabajarlo. Limas, punzones, polvo y el olor plomizo del metal habían quedado atrás. Vivía en la calle, con otros chicos y chicas, sin maestros, juntándose y separándose como lo hacen las gaviotas entre la cúpula del cielo y el mar, a voluntad. Toda aquella catástrofe de los mayores la favorecía. Hacía muchos días que podía hacer todo aquello que le viniera en gana. En casa sólo aparecía para llenar la barriga. Hasta que los alimentos comenzaron a escasear y aquellas bestias se plantaron a las puertas de su ciudad. ¿Cómo que no hacían nada los mayores? ¿No eran ellos la mejor raza? Aquella mañana, además, la expresión extraña en los ojos de su madre le produjo una sensación opaca. Miedo. Miedo a algo que todavía no sabía definir.
- ¿Nos matarán, los murrianos?
Su madre dejó de moverse, sus manos quedaron paralizadas unos instantes. Veía muy bonita a su madre. Los ojos muy negros y redondos, las largas pestañas oscuras, sus cabellos cortos oscilando en una pieza sobre su nuca. Su madre la miró. El sol de la mañana llegaba nítido hasta el comedor, donde se encontraban.

- Nos marchamos en dos o tres días. Quizás tu padre se quede unos días más.
- ¿A casa de los abuelos? ¿A dónde?
- ¡No! - rió. Hacía muchos días que no la veía reír. Aquel sonido se escampó, libre, entre las paredes azulosas del comedor. Cambió de pronto de expresión.
- A las Colonias - dijo muy seria -. Una vida nueva, nuevos vecinos. Tendrás otros amigos, hay muchos jóvenes, he oído decir. Alquilaremos alguna casa pequeña cerca de algún puerto. Colgaremos cortinas verdes, nuevas, éstas están ya raídas y, y... Tu padre encontrará otro puesto como oficial. ¡Tu padre es un soldado muy valiente!

Su madre calló y tomó asiento en una silla baja de madera, el cuerpo inclinado hacia delante, las manos formando un nudo. De repente parecía otra, perdida en medio de aquella marea de violencia y amenazas. Se quedó así sin decir palabra.

Salió corriendo a la calle. Casi no había nadie. El sol de mediodía caía borrando las sombras en las calles de Vamurta. Desde hacía un buen rato no se oían las explosiones, allí, en el extremo oeste de la ciudad. El silencio parecía nuevo. Las calles deberían estar abarrotadas de vendedores de fruta y especies, de patronas, con su cesto bajo el brazo, llenas de comerciantes nerviosos llevando sus rollos de telas tintadas, de mercaderes de todas las razas buscando y regateando, atareados. Al poco volvió a escuchar el retumbar de las explosiones que paralizaban la ciudad, que la sumían en una tensión expectante, cómo si tras el trueno tuviera que suceder algo.
Sara siguió corriendo sobre el suelo pavimentado de las calles estrechas, que brillaban bajo el sol de la mañana. La brisa barría el olor a orines y deshechos de los callejones, corría entre casas de piedra y argamasa, de dos o tres alturas, entre fachadas pintadas de colores claros, como el de aquella mañana de verano. No se oía el latir de la ciudad. Corrió ahuyentando sus temores, el corto vestido de lino suspendido en el aire, hasta la plaza de los Boneteros, donde se paró, llenando sus pulmones de aire.
En el otro extremo de la plaza había un pequeño grupo de tenderos que hablaban en voz baja, remarcando cada final de frase con un gesto seco. No los oía pero bien sabía de qué hablaban. Cerca, amontonados encima de un banco tallado en piedra, como náufragos en una balsa a la deriva, encontró a su cuadrilla. Sara se fijó que ninguno iba demasiado limpio. La nueva vida en la calle, pensó.
- Nos vamos. Mi madre dice que nos vamos a las Colonias - les espetó, antes que nadie pudiera decir nada.
- ¡Cobardes! - contestó Ordel con sorna -. Mi padre dice que nos quedamos. Dice que no entrarán, ¡es imposible!
- Te clavarán una lanza aquí - dijo Sara enrabiada, señalando con un dedo su cuello -. Os matarán a todos, a todos, mientras yo iré en mi barco sobre el mar.
Ordel se lo tomó mal. Primer calló, cruzando los brazos encima de su pecho. Miraba el suelo. El grupo volvió a sus historias, las historias de terror, cuentos de cómo los murrianos iban a sembrar de cadáveres las calles de la ciudad. Ordel dio un brinco y les gritó "¡Cobardes!" y se marchó dándoles la espalda. Nadie contestó. Sara pensaba en su amigo. Lo veía arrastrado y crucificado por aquella especie de bestias. Habían oído tantas historias que el miedo, ahora cercano, iba calando con rapidez en sus pensamientos. Ellos, que no se preocupaban por las cosas de los mayores.
Un rato después se cansaron de estar ahí, en esa plaza casi vacía, y alguien propuso ir hasta las atarazanas, desde donde verían la gran flota.
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Marcus
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MensajePublicado: Jue Mar 12, 2009 12:12    Asunto: Responder citando

El grupo se puso en marcha enseguida. Sin que nadie supiera el porqué, de repente, todos andaban a buen paso. El puerto siempre era un buen lugar para pasear y más aún cuando casi toda la flota condal se encontraba atracada, a la espera. Bajaron por la Avenida de los Tilos, que desembocaba en el Bajador del Mar, una de las calles anchas de Vamurta. En el tronco central de la avenida crecían grandes tilos de tronco plateado alternados con los majestuosos limoneros de Vamurta que buscaban el sol por encima de las sombras que proyectaban las fachadas. Los laterales eran vías para carros que bajaban y subían del puerto, llevando la carga de los buques de transporte. Era la calle de los mercaderes mayores. La de mayor tráfico, pero aquella mañana encontraron pocos hombres, sólo algunos que andaban con pasos rápidos y nerviosos subiendo y bajando del puerto. Todo el mundo parecía estar en casa. Los chicos se sentían los amos de la calle, y aquella sensación les llenaba de un vértigo que les hacía reír por cualquier cosa. Oían sus voces resonando con fuerza, y aquello les hacía sentirse mayores, los amos del mundo.
Dejaron atrás las murallas del mar y llegaron hasta los altos edificios de las atarazanas. Se había levantado una niebla vaporosa que desdibujaba la luz del sol. El horizonte les parecía más próximo, el puerto parecía más cerrado, como si todo lo que la neblina encerrara fuera el mundo entero. Las casas del puerto se amontonaban aquí y allí entre los grandes almacenes de madera que sobresalían sobre las barracas de los pescadores y las tabernas. Sobre las estáticas aguas del puerto, vieron las decenas de naves que descansaban oscilando ligeramente. Un gran bosque de troncos acerados buscando el movimiento.
Sobre los largos muelles del puerto había una actividad frenética. Parecía que toda la ciudad estuviera allí, a punto de sobrepasar los límites que el mar marca. Cientos de estibadores y marineros cargaban en los barcos cajas y sacos hasta los límites de las bodegas, hasta abarrotar las cubiertas. Todo se hacía con mucha ansiedad. Los cargadores se gritaban unos a otros, los mayores de algunas familias que empezaban a embarcarse empujaban y se abrían camino a golpes, los marineros corrían sobre las cubiertas ajustando velas, moviendo la carga entre las imprecaciones de los oficiales. Otros se acercaban en pequeñas balandras y botes a remo hasta las naves ancoradas alrededor de los muelles. Naves de dos y tres palos, la mayoría mixtas, de guerra y transporte. En la punta norte del puerto se encontraba la flotilla que obedecía directamente al condado. Naves de tres palos y dos castillos, parapetadas con escudos. La bandera blanca y negra de Vamurta ondeando, la tripulación dispuesta.

Por debajo de los grandes arcos de piedra de las atarazanas, entraban y salían marineros y calafateadores llevando cuerdas, tablones, herramientas. Se trabajaba sin descanso arreglando los cascos de las naves, las maderas carcomidas por los meses y meses de navegación, cambiando cordajes castigados, dejando los transportes listos para volver a zarpar. Quizá por última vez. Parecía que todo el mundo lo percibiera y por esa razón todo lo que envolvía el puerto estaba dotado de un nerviosismo vigoroso. El retumbar del mar quedaba sepultado por las voces de los hombres.
- Aquí hay más gente que en las murallas - dejó escapar Sara, recordando la tarde anterior, cuando con su pequeña mesnada se habían acercado de escondidas hasta poder ver la brecha.
Aquella mañana no habían visto los pescadores de caña que sacaban las relucientes doradas, ovaladas, carnosas. Tampoco habían visto los tenderetes de pescado ni los hombres discutiendo en las puertas de las tabernas del puerto. Aquello olía a huída. A Sara le pareció que a muchos sólo les importaba cargar a la seguridad de las naves los objetos que conforman la vida de uno. Muchos habían dejado de creer y aquello hizo pensar a Sara. Quizás deberían huir, también. Dejar atrás aquella amenaza que los ahogaba. Subir a un barco y alejarse, sentirse aligerados. Su madre lo aprobaría. Su padre no.

Los chicos bajaron por el camino de los trapos, siguiendo el trazado exterior de la muralla, hasta saltar a unas rocas donde se aposentaron para contemplar con calma el espectáculo del puerto. Desde ahí divisaban la puerta fortificada que vigilaba el mar. Detrás de la muralla exterior, asomaba la imponente mole de la Ciudadela, sus altas paredes desnudas, la Torre de Homenaje y sus cuatro vértices rematados con robustas torres de defensa.
Los gatos que se escondían entre las rocas corrieron hasta otro rincón. Hablaban y lanzaban piedras delgadas al mar. Martín siempre ganaba. Su muñeca conseguía más saltos que los demás.
- Mi madre ha sido llamada a la Puerta. Ha salido de casa, pronto, llevando su ballesta y la daga. La abuela aún lloraba cuando me he ido - dijo, con indiferencia, Martín.
- ¿Y tu padre? - inquirió Ebasto.
- No lo sé. Se fue hace meses a hacer pieles de antílope. Madre me ha dicho que no deje la abuela, pero está todo el día sentada cerca del balcón, mirando la calle y... Me he escapado.
Los otros no dijeron nada, seguían mirando cómo rebotaban las piedras que lanzaban sobre las lisas aguas del mar. Cada uno se preguntaba qué iba a pasar. ¿Qué iba a suceder si la ciudad caía? ¿Estarían en casa, encerrados? Sara pensó, por primera vez, qué es lo que haría. Tras descartar muchos pensamientos, creyó que lo mejor sería esperarlos tras la puerta de su casa con un cuchillo de cortar carne. Quizá escondida podría evitar los encantamientos que, según se decía, lanzaban aquellos animales antes de atacar. Se veía a sí misma enfurecida, llena de fuerza, lanzando cuchilladas y amontonando cadáveres a sus pies, sin pensar que ella, más bien delgada, a duras penas podía sostener una espada o desviar la acometida de una lanzada. Martín la despertó de su gran gesta.
- Sara, ¿tú qué harás si llegan?
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Marcus
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MensajePublicado: Mie Abr 08, 2009 05:00    Asunto: Responder citando

Hola, he conseguido insertar un blog en la página web.

Ahí hay de todo, con Historias paralelas a la novela. La primera es "El Canto de Ulam", que entrego en posts. En las historias trato de ser más dinámico, con diálogos en danza.
Luego vendrá "Ermesenda La Joven", el día y la noche que cambió la vida de la que sería futura condesa de Vamurta.

Se pueden hacer comentarios, ¡¡¡¡¡¡se aceptan todo tipo de críticas!!!!!



Os dejo el final del II Capítulo.





- ¿Yo? Pues... ¡No les dejaré pasar! No entrarán en mi casa.
Nadie se rió. Sara había vomitado aquellas palabras impulsadas por un temor que ahora vivía cerca de ellos. Unos se miraban las sandalias polvorientas, otros hacia el sol, alto ya en su mediodía, abriendo brecha en la niebla.
- A mí me gustaría ir a las Colonias. Ahí dicen que también hay murrianos, pero muy pocos - dejó caer Elizabeth, la más pequeña de todos.
- Sí, y aquellos raros, duros como insectos. Y los hombres rojos - siguió Martín.
- ¡Son fuertes como diez de los nuestros! - dijo Sara, cerrando los puños-. Llevan trenzas y colgantes, como las mujeres.
Todos se rieron, haciendo muecas. Sara bailaba entre ellos, dando brincos, despreocupada. Luego se quedaron callados. Cansados de tirar piedras al mar y de observar los trabajos del puerto, decidieron que irían a la Plaza de los Pájaros para ver si se cruzaban con la cuadrilla de los remensas, los hijos de los payeses de las cercanías de la ciudad. Andaban riendo otra vez, empujándose unos a otros. Cualquiera que los hubiera visto habría pensado que aquellos mozos parecían indiferentes, felices.

Cuando subían por la calle de los Curtidores, una música que surgía de alguna parte, los clavó en el suelo. Era una música conocida. Las notas agudas de las flautas y el ritmo de los tambores hicieron enmudecer toda la ciudad, que escuchaba atenta. Atenta, entre la esperanza y una desazón creciente.
- ¡La Falange Roja, es la Falange Roja! - gritó Martín, señalando con un dedo la dirección de donde provenía aquella música.
Comenzaron a correr todos por los callejones que conducían al este de la ciudad. Corrían como locos esquivando los vecinos que salían de sus casas. En todos los rincones la gente se asomaba a las ventanas o bajaban con prisas hasta la calle. Aquí y allí se formaban corillos de gente. A medida que corrían les llegaban murmullos, los fragmentos de conversaciones de muchos que, desesperados, empezaban a entender que aquello era el final. "Dioses de las estrellas, han salido", oyeron decir a un viejo mercader.

La Falange Roja era una unidad casi sagrada. Un juramento solemne los ataba al Condado, al que defenderían luchando hasta la muerte. La salida de aquella fuerza de la Ciudadela indicaba que la situación era desesperada. Muchos supieron en aquel momento que los bandos que ofrecía el condado eran falsos. No existía ninguna duda. La Falange participaba en las luchas en casos excepcionales, siempre comandados por el Conde hasta que murió, y más tarde por el Heredero. Era la última línea de defensa para los ciudadanos de Vamurta, formada por parejas de hombres, parejas atadas dentro y fuera de la jerarquía militar. Esa doble atadura les otorgaba una ferocidad excepcional, absoluta. Luchaban por el honor y para salvaguardar a aquellos que amaban.

Los chicos, finalmente, desembocaron en la Rambla Este, que seguía en paralelo al trazado de la muralla, donde se levantaba el, antes de la guerra, tumultuoso barrio de pescadores. Giraron Rambla arriba y allí encontraron la cola de la Falange, que avanzaba marcial en columna de a cinco. Detrás, entre los chicos y la Falange, seguían dos brigadas de infantería ligera y dos más de arqueros. Era las fuerzas destinadas a proteger la fortaleza de los condes. Las gentes de Vamurta los observaban asustados, sabiendo ya de la llegada de los peores presagios. Las madres llamaban a sus hijos para hacerlos entrar en casa.
- Vamos hasta la cabeza de la columna, quizás veamos al Heredero- chilló Sara, entre la confusión de la música y las gentes.
Corrieron siguiendo la serpiente que formaban los soldados, admirando el brillo opaco de las armaduras de un rojo oscuro, las altas lanzas, sus largas espadas colgando de sus cinturones. Aquellos hombretones altos de mirada fija, de espaldas pesadas, quizá sabían que andaban hacia el último acto de su existencia. El grupo llegó hasta la cabeza de la marcha, sorteando los transeúntes. Pero al llegar hasta los hombres que encabezaba la columna sólo vieron al capitán de la Falange y los portaestandartes, llevando en alto la golondrina del condado, una golondrina roja.
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Marcus
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MensajePublicado: Sab May 02, 2009 03:58    Asunto: Responder citando

(Hola. En el Blog de la web, ya he acabado de colgar "El Canto de Ulam". Os dejo una de sus ilustraciones y el arranque del capítulo III).


http://farm4.static.flickr.com/3417/3478488567_074fcd87f8_m.jpg





Capítulo Tercero
"LA ESPERA"






El rumor de los combates se fundía con la tranquilizadora música de la cotidianidad. Las voces de la calle llegaban amortiguadas hasta la habitación donde Serlan De Enroc, heredero de Vamurta, dormía desde hacía más de un día. Una terrible sed lo debió despertar, ya que al abrir los ojos dirigió sus manos temblorosas hacia la jarra de agua que le habían dejado en la mesa, al lado de su cama. La bebió precipitadamente, sin importarle que buena parte del líquido cayera sobre su camisa blanca y sobre las sábanas.

Cuando acabó de beber miró su habitación como si nunca hubiera estado allí. Tardó en conseguir incorporarse, la espalda le pesaba mucho, sus piernas no respondían bien. Se sentó en la cama, quieto, escuchando cómo reaccionaba su cuerpo. Lejos, le llegó el seco retronar del bombardeo. Entonces comenzó a recordar. El despertar tras la batalla, aquella enorme confusión, la cuerda con la que fue izado, la herida. Las gentes de su condado, de su ciudad, sus vidas, estranguladas por el sitio.
Se sintió lo bastante seguro para levantarse y, muy despacio, comenzar a andar sobre el mármol frío de sus aposentos. Se dirigió hasta el balcón, apartó les pesadas cortinas de lana negra y salió. Los rayos del sol lo cegaron, toda la ciudad parecía blanca, golpeada por aquel baño de luz. Cuando sus ojos fueron adaptándose a la claridad pudo distinguir las columnas de humo que se levantaban a poniente. Más allá vislumbró el ejército enemigo. Desde su habitación parecían bolsas negras desparramadas sobre las clapas doradas de los campos de cereales y las cuadrículas verdosas de los huertos. Su debilitamiento, los mareos que venían desde que se levantó, le ofrecían una nueva perspectiva. Todo aquello parecía muy lejano, lejano a su persona. Se preguntó por qué hacía la guerra. En aquel momento no recordó demasiado bien cómo empezó, quién la comenzó. ¿Fue aquel ataque murriano a uno de los castillos de frontera? A los soldados de la guarnición les habían cortado el cuello. Hombres grises abandonados a la suerte de la muerte. Habían llegado rumores de una matanza en algún asentamiento murriano, antes del ataque. Nadie estaba seguro. En las guerras nadie sabe la verdad, ni tan siquiera los verdugos, ni él, heredero… Le pareció que los acontecimientos se habían sucedido sin razón, sin que él los pudiera atajar.

Paseó su mirada sobre las azoteas de su ciudad, que le parecieron un inmenso tablero de ajedrez hecho de casillas irregulares, algunas más hundidas, otras elevadas. Siguió los cortes de las calles hasta que su atención se centró en el puerto de Vamurta, al este de la ciudadela. Figuras minúsculas y ajetreadas cargaban las naves, muchas ancladas a la entrada del puerto y en paralelo al espigón hecho con amontonamiento de rocas. Debía haber unas cincuenta o algo más, las banderas rojas y blancas ondeando. Era la flota que siempre había dominado el Golfo de Daler y el Mar de los Anónimos, ahuyentando las flotas de corsarios que organizaban los Hombres del Mar. Vamurta exportaba hierro de las minas de la Sierra de Andonin, armas forjadas por las decenas de herreros asentados en la ciudad, cereales y paños tintados con colores puros. Iban a las Colonias y desde allí a otros muchos puntos. Algunos mercaderes también habían establecido rutas más al sur y al norte, con pueblos extraños a los que sólo se les conocía por sus productos, que los mercaderes traían en sus viajes de vuelta. En tiempos de paz había habido comercio con los murrianos, pero eso ya parecía una leyenda remota. Serlan sabía que muchos de los prohombres de la ciudad habían intuido que “el sitio” iba a llegar. Quizá por su cercanía a los centros de poder del Condado, recogían y se marchaban. Los artesanos y los payeses, más ignorantes de todo lo que sucedía, seguían en la ciudad.

Un mareo intenso le obligó a apoyarse sobre la baranda del balcón. Todo daba vueltas. Volvió a la cama, donde se estiró. Se sentía abatido, incapaz de luchar. Oyó el rugir de las explosiones. Todo aquello que amaba, su mundo, sus gentes, se rompía sin que él pudiera hacer nada para invertir los acontecimientos. Quizás hubiera sido mejor atrincherarse desde un principio tras los muros de la capital o subir a las montañas, donde habrían resistido mucho tiempo, o incluso desplazarse hacia el norte, siguiendo la costa, donde sólo habían pequeñas tribus de hombres grises, donde las altas sierras y los valles estrechos les hubieran dado cobijo. Creía que había escogido la peor de las opciones. Presentar combate a campo abierto, una y otra vez hasta aniquilar a todos sus ejércitos grises. Se cubrió la cara con sus manos rugosas, nunca se había considerado tan responsable de aquella debacle. Otra vez su debilidad le atrapaba y lo conducía a la antesala de sueños tenebrosos.

- ¿Señor? ¿Me escucháis?
Una densa nube lo arrastraba entre fuertes corrientes de agua, alzándolo y hundiéndolo. Luego era llevado hasta unos bosques cubiertos de niebla y vapuleado entre esa masa de agua y ramas. Nada podía hacer excepto seguir nadando en aquella especie de útero áspero y acuoso, intentando no ahogarse.
- Señor, la Condesa os reclama. ¡Señor! - levantó la voz-. Vuestra madre os reclama en el Salón de Gobierno.
]imagen externa[/url]. [Para que las imágenes que usted publica se vean en los foros, solicite permiso.]
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Marcus
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MensajePublicado: Vie May 08, 2009 17:24    Asunto: Responder citando

(Último fragmento de la novela. A partir de ahora seguiré, pero subiendo cuentos, otras historias y textos paralelos).

Ilustración:
"Primer murriano ante las puertas de Vamurta"



Esa voz disipó su pesadilla. Un hombre se encontraba inclinado sobre su cama, vestido con la túnica negra, reservada a los mayordomos de Palacio. Unos haces de luz baja penetraban en la cámara a través del balcón abierto, donde se recortaban, sobre un cielo azul oscurecido, las manchas negras de muchas golondrinas, que chillaban alegres, trazando líneas imposibles en sus vuelos acrobáticos. La noche estaba próxima. Había dormido todo el día. Al incorporarse bajo la atenta mirada del mayordomo, el fondo de alegría de las aves se derrumbó de golpe, cuando llegó el sonido desgarrado de los combates. Todo aquello parecía otra pesadilla. La herida en la pierna le seguía doliendo pero pudo levantarse. Había que estar con los hombres, pensó, dirigirlos en aquella última hora. Un dolor sordo subía desde los tobillos hasta la cintura. Puso los pies en el suelo, se levantó. Una sensación de fragilidad y rabia lo dominaba.
- Traedme las armas - ordenó con voz seca.
- Vuestra excelentísima madre me ha ordenado...
- ¡Vestidme! ¡Vestidme como el guerrero que soy! - exclamó contrariado por aquella desobediencia.

El mayordomo le ajustó la cota de malla, le ató, ceremonioso, las grebas de hierro ribeteadas en oro, le colocó la coraza pectoral. Haciendo una ligera reverencia le entregó la espada y después una daga bien afilada. Serlan agarró uno de los cascos cilíndricos que colgaban de la pared, guardándolo bajo su brazo.
- Ahora llévame hasta el Salón de Gobierno.

Al salir de su cámara, el mayordomo observó una notable cojera en el Heredero. No se atrevió a decir nada. En el Palacio y en la ciudad se escuchaban muchos rumores sobre su salud. Incluso se le daba por muerto. Bajaron por la escalera de mármol blanco que comunicaba las estancias condales, en la parte alta de la Torre de Homenaje, con el Patio de Armas. Salieron al exterior, la luz del día se apagaba oscureciendo los muros que cerraban el patio. Serlan se dio cuenta, preocupado, que excepto los dos siervos que salían de las cocinas, no se veía a nadie más en la explanada. Un inusual silencio agarrotaba aquel espacio. Tampoco había guardias encaramados en la muralla de la Ciudadela. ¿Dónde estaban?
- ¿Por qué no están los guardias en su sitio? - inquirió.
- Señor, aquí quedamos los indispensables. Todos han marchado hacia la Puerta de Oriente. O lo que queda de ella.
- ¿Y la Falange Roja?
- Ha salido, señor - guardó una breve pausa -. También hacia las murallas.
Tras un momento, en el que sólo se escuchaban sus propios pasos resonando en el patio, el Heredero volvió a preguntar.
- ¿Quién ha dado la orden?
- La Condesa lo ha autorizado, señor.
Llegaron al otro extremo del patio donde arrancaba la ancha escalinata que subía hasta el pequeño claustro que conducía al Salón de Gobierno. Se fijó que ahí tampoco había sirvientes ni guardias. El jardín del claustro, prisionero de las columnas que lo encerraban, parecía algo más asilvestrado. Siguieron por el pasillo del claustro, casi oscuro, que hacía de distribuidor. Pasaron por delante de la Sala Capitular. Serlan vio a través de la puerta las grandes sillas cinceladas en madera de acebo, vacías. Tras dejar atrás la Biblioteca accedieron a la puerta del Salón, que estaba guardada por dos alabarderos que miraron al Heredero sin poder disimular en todo su sorpresa. Los guardas abrieron las pesadas puertas del Salón y el mayordomo avanzó.
- Serlan De Enroc, heredero del Condado de Vamurta - anunció levantando la voz.
El Salón de Gobierno era una de las mejores estancias del Palacio fortificado de los condes. Una enorme sala de planta rectangular de unos doce cuerpos de altura, sostenida por poderosos arcos de media punta que se sucedían hasta el final de la nave, donde desde los tiempos de la fundación del condado se reunía el Consejo de los Once, formado por los cinco vizcondes principales, los cinco sacerdotes mayores y presidido por el Conde. Bajo la alta cúpula que coronaba la sala se reunía el Consejo. Para llegar hasta ella había que pasar entre los pilares de piedra blanca de los arcos laterales. De un extremo de la nave a otro, se abrían largas y estrechas ventanas de vidrios de colores que creaban una atmósfera casi sobrenatural cuando la luz del sol, al traspasar los vidrios, proyectaba tonalidades calidoscópicas sobre las paredes y el suelo del pasadizo central, de los rojos a los colores del mar hasta el verde de la esmeralda. Serlan siempre pensó que el Salón más parecía un templo que no un lugar donde se decidían los incrementos de los diezmos, los cambios en la diplomacia o las normas que regía el uso de los molinos condales. Esa tarde, casi noche, era la luz de las decenas de candelabros los que otorgaban un ambiente fantasmagórico al Salón.
Las doncellas de Palacio callaron al ver avanzar al Heredero, cojo, muy delgado, el color roto en el rostro de un hombre que ha perdido la fuerza, arrastrando su cuerpo y su gruesa cota sobre la que relucía la coraza bajo el resplandor de las velas, con ese aspecto horrible del convaleciente que ha decidido romper su reposo antes de tiempo.
La condesa Ermesenda lo esperaba sentada en el trono de madera negra. Una madera trabajada hasta no dejar ninguna superficie lisa, el trono donde antes había descansado su padre. Llevaba puesto el vestido de cuello alto reservado para los altos actos del condado, tejido con los mejores paños del continente, de un color entre el lila y los colores del atardecer, indefinido, con el escote redondo cosido con hilo de plata. Sobre su reverenciada testa flotaba su diadema de Onar, donde se habían encastado doce rubís hexagonales, cortados hacía muchas generaciones, sobre oro blanco de los antiguos murrianos.
Lo miraba fijamente sin que su semblante transluciera ninguna emoción. De pómulos altos y mejillas hundidas, su rostro parecía hecho con el papiro rayado por los años. La frente estrecha, sobre los pequeños ojos, era un amasijo de líneas entrecruzadas. Ermesenda era la imagen hecha carne del poder. Capaz de hundir con un leve movimiento el más poderoso noble de Vamurta si ella creía que así favorecía el camino de su hijo o su propio destino. Sabía que aquellos eran los días de la desesperanza, y su glacial inteligencia ya había trazado los últimos movimientos de aquellos que le eran más cercanos.

- Señora - saludó el Heredero haciendo una ligera reverencia.
- Esperaba un enfermo y ahora me encuentro frente a un soldado cojo - dijo, con una imperceptible sonrisa en sus delgados labios-. Un soldado cojo es como un lobo herido. Sabes que te puede morder pero también sabes que ya no puede huir.
El silencio fue absoluto. Las damas contemplaban la escena con la fascinación de quien intuye que el instante es irrepetible. Los dos mayordomos armados que protegían a la Condesa seguían mirando el alto techo de la cúpula y ninguno de los consejeros, que aún no habían huido, se atrevieron a moverse.
- Sabes que, a pesar de no salir de los muros de Palacio, soy la mujer mejor informada de esta tierra. Te podría decir cuáles son las razones de la sorprendente desaparición de la esposa de Vitilba, cuáles fueron las ganancias del último viaje del los mercaderes del hierro o cuándo y cuál será el fin de este terrible asedio. Como también sé, y lo sé apenas mirando tu rostro sin sangre, que si vas a luchar al pie de la muralla, con tus soldados, con esta herida en tu pierna, también sé, que eres hombre muerto. Sencillamente porqué no dejarás a tus hombre a su suerte y eso, querido hijo, quiere decir que nunca llegarás al puerto - concluyó con su tono de voz invariable.
- Entonces, señora, ¿cuál es vuestro criterio respecto a lo que tendría que hacer?
- Embarcar esta misma noche con rumbo a las nuevas tierras.
Aquella sentencia dejó a los presentes con una expresión de incredulidad en el rostro. Los dos sacerdotes presentes hicieron un movimiento con las manos, como si quisieran exorcizar aquellas palabras. Nadie se había atrevido a predecir la derrota y menos aún en voz alta. Uno de los vizcondes del Consejo hizo un gesto, a punto de hacer escuchar sus diplomáticas palabras. Con los murrianos en las puertas de la ciudad, casi todos los presentes en la sala habían trazado mentalmente sus rutas para desaparecer de Vamurta. El paso del tiempo los angustiaba, pues temían perder sus bienes, perder su vida, perderlo todo. Y al mismo tiempo todos temían embarcarse demasiado pronto y exponerse a las represalias de los supervivientes. Y en medio de esa contradicción la Condesa pedía a su hijo que se embarcara inmediatamente.

- ¿Queréis, señora, que vuestro único hijo sea recordado como aquel que faltó a su deber? ¿Justo cuándo se le necesitaba? Tened por seguro que esta noche mi espada relucirá ante el enemigo.

De nuevo se hizo el silencio. Ermesenda miraba a su hijo. Sabía que nada le podía dejar, a parte del recuerdo de la grandeza. Todos sus esfuerzos por asegurar la continuidad de su linaje habían resultado infructuosos, barridos por las huestes murrianas. Era el fracaso absoluto para alguien que tenía como deber supremo la transmisión del poder condal. ¿Sobreviviría su hijo? ¿Si emigraba, cómo sería recibido en las Colonias, donde gobernaban aquellos que ella había desterrado? Lo veía errante, como el que intuye que pertenece a otro mundo... Su único hijo, su querido hijo, aquel que por madre tuvo una juez intratable. Los ojos oscuros de Ermesenda relampaguearon un momento.
- Querría, hijo mío, que no buscases la muerte, cuando ésta es segura - dijo en un tono impropio de su persona, casi suplicante.
- Ningún hombre de honor abandonaría a los suyos en secreto - contestó Serlan en un tono que no admitía réplica-. Una traición amparada por la noche, abandonando a aquellos que le juraron fidelidad ¡y menos aún el hijo del Conde! ¡Mi padre jamás lo habría aprobado!
- Tu padre colgaba a los murrianos en largas sogas hasta ver su carne podrida - dijo Ermesenda escupiendo su veneno-. ¡Los perseguía y los empalaba en los caminos en lugar de correr delante de sus lanzas como tú haces!
- ¡Sí! Y es por eso que vuelven. Tanta crueldad, tanta sangre...

Serlan paró para tomar aire, excitado. El Heredero recordó aquella tarde de principios de verano, cuando aún no era ni un muchacho. Con su padre viajaron hasta la Sierra Rocavera, a siete días de camino de la capital. Recordaba la fatiga del viaje y el calor. Al pie de la Sierra, los hombres grises habían empalado un murriano cada quince pies hasta cerca de la cima, trazando una línea macabra de cuerpos que miraban a tierra, torcidos, como si quisieran abrazar o recoger algo. Caminaban senda arriba, siguiendo los restos de los vencidos. “Es el símbolo de la victoria sobre las bestias”, había dicho su padre. Ahora volvían. Recordando sus muertos, su humillación. Ahora llamaban a la puerta.
Serlan dio media vuelta, y sin decir nada más, se dirigió hacia el Patio de Armas.
- ¡Detenedlo! - bramó su madre, desconcertada -. Puedo perder esta noche mi ciudad, pero no a mi hijo -. Y diciendo esto hizo una señal con la mano.
Con gran celeridad, los dos mayordomos alcanzaron al Heredero y lo apresaron por la espalda. Serlan echó mano a la espada, pero ya lo habían inmovilizado.
- ¡Vieja Loca! ¡El honor! Moriremos sin... - su voz se disolvía, los mayordomos lo ahogaban con un pañuelo impregnado con narcóticos.
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Marcus
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MensajePublicado: Mar May 19, 2009 04:48    Asunto: Responder citando

¿Qué fue de Igor?
Hasta hace poco, en esta web, Vamurta tenía un autor, Igor Kutuzov, escritor y militar ruso afincado en España.
En Rusia, Kutuzov fue el héroe de la resistencia a Napoleón y, caprichos del destino, durante la Segunda Guerra Mundial, la operación Kutúzov, contribuyó a vaciar la Alemania nazi de panzers durante la larga y sangrienta batalla de Kursk, uno de los olvidados momentos decisivos de la historia contemporánea, en la que murieron miles y miles de alemanes y rusos.
Que Igor naciera en la lejana Vladivostok no fue una casualidad. Según mis tíos del norte de Inglaterra, de allí venían los abuelos de mi madre, huyendo de la Revolución, y esto no es ficción. Las migraciones acaban por definir y escribir parte del destino de los pueblos.

Las razones que me llevaron a crear a Igor son muchas, pero lo cierto es que vistas en perspectiva, ninguna me convence hoy. Quizás, consciente que la vida tiene algo de juego, de reflejo, quise añadir una pizca más a todo esto.

Creo que la biografía de Igor, de haber existido, sería materia para una apasionante novela. Os dejo su vida de papel, una historia que nunca fue.




Igor Kutuzov nació en Vladivostok en 1936, pocos años después de la toma de la ciudad por parte del Ejército Rojo. Kutuzov, segundo hijo de un profesor de instituto, vive una infancia llena de privaciones en el Lejano Oriente y sobrevive a la Segunda Guerra Mundial. En 1951 se traslada a la ciudad de Novosibirsk, donde cursa estudios secundarios (destacando en matemáticas y física). A pesar de la crudeza de sus inviernos, Kutuzov pasó allí algunos de los mejores años de su vida. En Novosibirsk entra en contacto con los círculos culturales de la ciudad, visita con asiduidad la gran biblioteca, donde devora los grandes clásicos de la literatura rusa y francesa.

Convencido por su tío Alexei y apremiado por dificultades económicas, en 1955 ingresa en la academia militar de Valery Chkalov, donde es licenciado con el grado de subteniente en 1960. Destinado a la base aérea de Astracán, a orillas del Volga en su desembocadura al Mar Caspio, Kutuzov combina sus obligaciones con la patria con la redacción de su primer libro de poemas, considerados de juventud y que no obtuvo ningún tipo de repercusión.
En la década de los sesenta conoce la que será su mujer, Natasha Petrova, con quien se casa en 1966. Fruto de su matrimonio son sus tres hijos, Andrey, Ekaterina y Yuri. Alcanza el grado de coronel del ejército del aire y es nombrado instructor en jefe de la tercera escuadrilla con base en Lugansk. Se cree que entre finales de los sesenta y principios de los setenta el coronel Kutuzov fue destinado a algún punto cerca de Lai Chau, con el propósito de dar instrucción a las fuerzas aéreas de Vietnam del Norte. Kutuzov que era considerado uno de los mayores expertos en los míticos MIG-21 de la antigua URSS y algunos rumores apuntan a que efectivamente llegó a entrar en combate en el citado conflicto armado.

La lejanía de su tierra y de su mujer, embarazada de su segundo hijo, junto con un profundo desasosiego vital, le llevaban a escribir su segundo y considerado por muchos mejor libro de poesías, “Medidas Constantes”, en el que no se deja escrita alusión alguna a la guerra de Vietnam. Este segundo libro le reporta un cierto reconocimiento entre la crítica rusa, éxito que se repite con su tercer y último libro de poemas “Un giro en el camino”. Tras esta obra, Kutuzov es más conocido en Rusia por sus novelas cortas de ciencia-ficción, la más famosa de las cuales, “307”, fue traducida a 19 idiomas. Tras el desmantelamiento de la antigua Unión Soviética, Igor Kutuzov emigra a España con su mujer y sus tres hijos, afincándose en Salou (Tarragona), donde hoy reside dedicado a la distribución de productos químicos de una reconocida firma alemana.
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Marcus
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MensajePublicado: Sab Jun 06, 2009 10:10    Asunto: EL CANTO DE ULAM Responder citando

(primera de las historias de Vamurta, paralelas a la novela)



El Canto de Ulam

- Ulam… Ulam, ¡despiértate! – le dijo su padre.
Hasta por la mañana hacía calor ese verano. Oyó el revuelo de las gallinas cuando su padre cruzó el comedor, en el que también dormían. La luz entraba limpia, muy clara, por la puerta que su padre había dejado abierta al salir. Ulam bostezó y saltó del camastro, dispuesta a devorar el pan con aceite que le había dejado sobre la mesa. Dio un manotazo a una de esas gallinas atrevidas que había osado acercarse a su desayuno y se levantó la camisola para secarse los sudores de la noche. Cuando acabó, salió al patio trasero para encontrar a su viejo. Allí estaba, solo, sentado sobre una gran raíz, arreglando uno de los lazos que de vez en cuando les proporcionaban una sabrosa perdiz de bosque.
- Buenos días – saludó con voz soñolienta.
- Hija, hoy hay que ir al bosque. Casi no nos quedan hierbas.
Era verdad, en la despensa de la casa los ramos de plantas medicinales había ido desapareciendo, vendidos junto a los huevos y la caza en el mercado de Verbaim. Había que volver al bosque a por más. Ulam no se quejó. A sus ocho años bien sabía que sin las monedas del mercado no había bocado en su casa. Y ella era hija única, desde que un mal parto se había llevado con Onar a su madre y a su hermano, a los que no conseguía recordar.
- ¿Podré jugar?
- ¿En el bosque? No. Ya sabes lo que se cuenta – su padre guardó silencio, sus enormes manos intentaban cerrar un nudo de cuerdas delgadas -. Ya jugarás cuando vuelvas. Y acuérdate de la comida.

Ulam volvió a la choza y se calzó sus duras alpargatas. Había que partir pronto, pensó, pues el calor del mediodía no le gustaba. Cogió su flautín y se despidió de su padre. Atrás quedaron las casas del pueblo, muchas abiertas para dejar pasar el poco aire de aquel verano. Siguió el camino del sur, estrecho y polvoriento. A sus espaldas se veía su pequeña aldea de casitas de piedra y cal aplastadas las unas contra las otras, como un rebaño de ovejas. Casas de payeses y humildes artesanos del corcho y del vidrio organizados alrededor de la plazoleta del pueblo, donde sobre la arena se levantaba un sencillo altar a Sira, quien vigilaba la bondad de las cosechas.

A su izquierda veía los naranjos cargados de fruta, y a la derecha del camino, los campos de trigo, a los que poco les faltaba para la siega. Ulam se sentía feliz aquella mañana, para ella el bosque era un laberinto en el que a cada recodo podía hallar un pequeño tesoro. Luego, cuando hubiera recogido suficiente artemisia, hinojo, salvia y con suerte algunos tallos de lavanda, podría volver y preparar la comida. A la tarde, por fin, saldría a buscar a sus amigos para ir a la orilla del río, ahí donde los baños alejaban por un tiempo el verano.

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Marcus
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MensajePublicado: Sab Jun 20, 2009 03:40    Asunto: Responder citando

Ulam podía oler el bosque, que se extendía hasta donde no llegaba su vista, hacia el sur y hacia el norte, en territorio murriano. Un enorme bosque de pino y encinas, de matojos duros y suaves lomas de laderas gastadas, que hacían que la arboleda pareciese, vista desde lejos, un mar dormido.
Entró en él, empezando a recorrer sus cámaras invisibles a la búsqueda de hinojo. Al abrigo de las encinas, el sol era clemente. Brisas surgidas de la nada recorrían su húmeda piel gris, refrescándola. Anduvo de aquí a allí, dando tumbos, pendiente de entrever las llamas lilas y amarillas de las flores. Allí, al pie de un pino viejo, consiguió un ramillete de artemisia, pero aquel día la suerte le era esquiva. A media mañana, con el sol alto filtrándose entre los ropajes de los árboles, apenas había reunido unos pocos tallos. Bosque adentro, no sabía muy bien dónde se hallaba, pero tenía muy claro cómo volver a casa, siguiendo el camino opuesto al sol. Cansada de tanto andar, se sentó sobre una roca que irrumpía desnuda desde el suelo. Miró a su alrededor, dejando vagar su mirada entre ese ejército mudo de troncos rectos y brazos abiertos de un verde oliváceo. Acercó el flautín a sus labios, mojando un poco su madera seca. Las primeras notas se elevaron suaves entre las hojas, perdiéndose en el corazón del bosque. Tocó, hizo que la caña de su flauta vibrara con dulzura, tocó, enlazando las melodías que se sucedían unas detrás de otras hasta que el tiempo desapareció a su alrededor.

El sol del mediodía alcanzó su cenit. Se dio cuenta, al abrir sus ojos, que volvía a sudar. Dejó su pequeño instrumento apoyado en la roca y levantó la cabeza. La miraban entre las encinas que tenía en frente. Ulam se incorporó de golpe y agarró su flautín como si de una daga se tratara. ¿Qué eran? Antes que tuviera tiempo de echar a correr sonaron, alegres, las notas de otra flauta. No sabía qué hacer. Se disolvió aquella melodía y de entre aquel grupo brotó un nuevo cántico, y otro lo siguió a continuación. Veía, ante ella, una hilera de seres, de animales cubiertos con túnicas de color tierra y collares de cuero de diferentes gruesos como único atavío. Animales de piernas parecidas a las de los hombres, erguidas. Debía de salir corriendo pero la curiosidad la retenía. Sus cabezas eran parecidas a las de las gacelas del sur, pero prácticamente carecían de pelo y sus labios eran finos y sonrosados. Se apagaron las flautas y, aún de pie, sin saber muy bien porqué, Ulam respondió con su flautín. Mientras su música discurría suave como un riachuelo, aquellos parecían escucharla, fascinados ¿O se lo imaginaba así?
Cuando calló, aquellos guardaban silencio hasta que uno de ellos la replicó, rompiendo la tensión repentina que sufría Ulam. Los observó un poco más, dándose cuenta que en algo le recordaban a los murrianos que alguna vez había visto pasar cerca de su pueblo, en la frontera. Sus manos eran tres dedos muy anchos, duros, su cuerpo alargado y estrecho, sus largos cabellos negros caían hacia atrás de sus frentes estrechas. No parecían agresivos ni Ulam vio arma alguna, quizá fueran aquellos de los que se hablaba en la plaza del pueblo, en las noches de verano, cuando los vecinos se reúnen y beben naranjadas para ahuyentar el calor… Tras unas breves réplicas, Ulam recordó su padre y todas las plantas que no había recogido. Hizo un gesto rápido con la mano a modo de despedida y volvió sobre sus pasos, casi corriendo. ¿Los volvería a ver? Nadie parecía seguirla, a sus espaldas le llegaba el tenue murmullo del calor en el follaje. Su cabeza hervía con tantas preguntas, estaba tan excitada que casi no se dio cuenta que ya había salido del cobijo de la arboleda.
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MensajePublicado: Mar Jun 23, 2009 10:51    Asunto: Responder citando

Camaradas,
¡Prosperidad para aquellos que han paseado por los valles y llanuras de Vamurta!

Se acabó el dinero, se fue el amor.

A partir del próximo 29/30 de junio cierro la web, al no poder hacer frente a los pagos de hosting y otras historias de miedo.

Hay dos caminos.

El del sur, que pasa por depender de un tercero.

El del norte, más inhóspito, que pasa por volver a crear una web o un blog, más optimizado, mejorado, fácil, en el que todo esté pensado para que el que alcance su orilla, sólo se deba preocuparse por leer, que no es poco. Este es el camino que me gustaría seguir, pero ya veremos.

De momento y hasta el fin del verano me voy a dedicar a la Epopeya de Dasteo, un libro dentro del libro de Vamurta, que entre otras cosas, significará que los capítulos que hay colgados sólo sean la primera de las tres partes de esta novela.
También intentaré iniciarme en el diseño gráfico, para ser capaz de ofrecer algo interesante, ya que el diseño web de vamurta.com no es mío, y me gustaría volver a subir un nuevo site sin depender de otro.

En pocas palabras, y recordando a mi compañero y amigo, si no fuera porque lleva siglos muerto, Francisco de Aldana, “yo mismo de mi mal ministro siendo”.



Ahhhhhh, y recuerden:

“Sé que Vamurta no va a cambiar tu vida, pero quizás agite las aguas de tus sueños”. Igor Kutuzov.
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MensajePublicado: Mar Jul 07, 2009 13:59    Asunto: Responder citando

( El Canto de Ulam 3 y último)



Al llegar a casa se juró no decir palabra a nadie, ¿quién la creería?, y menos a su padre, que no la entendería y del susto no la dejaría volver a aquella floresta nunca más. Quizás ahora hubiera encontrado unos que amaban la música como ella, y con quiénes no necesitaba hablar. Antes de cruzar la puerta de su casa se preguntó si aquellos sabrían utilizar las palabras. Incluso se preguntó si lo que acababa de vivir no lo habría imaginado. Bebió el agua fresca del cántaro y puso patatas y calabacines a hervir. Pronto llegaría su padre del huerto, y llegaría hambriento.

Días después, volvió entre los árboles. Tras recoger un buen puñado de tomillo, se adentró. ¿Cómo volvería a encontrarlos? Tuvo una ocurrencia, era la única forma. Hizo sonar su flautín mientras iba avanzando, sorteando zarzas y matorrales. Pronto, oyó a lo lejos unas notas que respondían a sus señales. Había una alegría, un latir, en esa música. Ulam tocó y tocó hasta que las melodías se fueron enlazando entre la fronda. De pronto los vio. Se volvió a asustar al ver aquellas cabezas de gacela tan cerca de ella, pero la música hizo que su miedo se fuera disipando.
A ese hallarse siguieron otros, en los que Ulam aprendió a confiar en ellos. A veces eran tres o cuatro, a veces más, hasta diez contó un día. Ya no tocaban separados por los árboles, se sentaban en círculos, aceptando a la niña, y en ocasiones hacían resonar flautines y flautas junto a pequeños tambores, llenando el silencio del bosque de verano. Cuando Ulam tocaba, los hombres gacela parecían atender, mirándola con sus ojos de agua negra y sus hocicos derechos, hasta que uno repetía las notas y el siguiente las volvía a repetir introduciendo variaciones, marcando un timbre o alargando un pasaje, hasta que el canto de Ulam se transformaba en la voz de muchos, que era la voz de los bosques, de los campos al amanecer, del río que murmura en las noches junto al soplo de la brisa que discurre sobre las llanuras.
Su vida continuó con su secreto, aunque a muchos en su pueblo les extrañó que aquella chiquilla de cabellos claros hubiera aprendido tanto en el largo arte de la música.

Ulam jamás olvidaría el último encuentro, aunque a medida que pasaban otros inviernos más le parecía todo algo al filo de la irrealidad, donde sus recuerdos se fundían con sus sueños y con un tiempo desaparecido. Fue a principios de aquel otoño, cuando los campos de trigo habían sido segados y faltaban pocos días para las fiestas que despiden los vientos cálidos del sureste y abren la ventana a los del norte. Ulam, como otras veces, había encontrado sus extraños amigos haciendo sonar su flautín, pero aquella vez le había costado más tiempo obtener una respuesta, así que había tenido que entrar más y más en la espesura.
Al encontrarlos, Ulam se sorprendió que aquella vez fueran tantos. Doce contó, sentados en la huella de lo que había sido una antigua laguna, escondidos de una mirada fortuita. Dejaron sitio a la niña gris, quien no había dejado de emitir breves juegos de notas. Cuando se sentó entre ellos, las respuestas se sucedieron y Ulam tuvo que hacer un esfuerzo para seguirlas, cada vez más rápidas, hasta que los trece instrumentos sonaron al unísono, como si iniciaran un rito ancestral y las melodías fueran invocaciones a lo que existe más allá del mundo visible, en algún lugar y en todos en la piel del palpitar de una música inaudible. Ulam se estremecía, sin poder dejar que sus dedos saltarines bajaran y subieran sobre el suave tacto de la madera, sintiéndose ida, tocada por algo que no entendía, una circunferencia que giraba a su alrededor, que la separaba del mundo hasta hacerla comprender cosas que jamás hubiera pensado, viendo brillar en su ceguera rutas, luces, conexiones sin equivalentes, sintiendo que se alejaba de su propio cuerpo y empezaba a flotar en ese espacio de frontera en que las copas de los árboles se enroscan con el azul del cielo, y más allá…

Cuando despertó, era casi de noche. Al principio casi ni se dio cuenta de dónde estaba, ni tan siquiera se acordaba de sí misma. Había dormido sobre el suelo, protegida por un manto de flores, que al incorporarse caían, desvaneciéndose. ¡Ahora recordaba! Su padre ya la estaría buscando, todos sus vecinos la estarían buscando. Su corazón se aceleró. ¿Qué les podría decir? Se levantó y empezó a andar deprisa hacia su casa. Por un momento sintió ira hacia sus amigos del bosque que la habían entretenido el tiempo que tarda el sol en cruzar el cielo. Si caía la noche se extraviaría y no sabría volver. Corrió entre las penumbras sin pensar en nada más que no fuera llegar lo más pronto posible a su pequeño hogar. La impaciencia la impulsaba, la hacía ser veloz, sorteando la masa de árboles que a momentos parecía cerrarse sobre ella, como si quisieran absorberla.

Tras una marcha que le pareció interminable, Ulam salió de la arboleda para alcanzar el camino del sur. El aire olía a grano quemando, a humo, a madera chamuscada. Inició, rápida, la ascensión del camino para llegar a la parte alta donde vería los campos sembrados y en lontananza los cubiles abigarrados de su aldea. Al llegar arriba divisó su pueblo en llamas, llamas que ascendían hacia el añil oscuro que antecede al crepúsculo. Jadeando, llegó hasta su casa, que era una pira centellante entre los muchos fuegos. Buscó y buscó sin encontrar a nadie. Incluso los pozos de los silos ardían, convertidos en enormes braseros a ras de suelo. Vio flechas y lanzas partidas por el suelo, clavadas en alguna pared que se había salvado del incendio, pero ni rastro de los suyos. Los murrianos habían golpeado y desaparecido.
Ulam, presa de una infinita desorientación, volvió cerca de su choza. Allí se sentó sobre los hierbajos y empezó a tocar, sin importarle el tiempo, sin importarle lo que hacía. Lo que siguió, apenas lo recordaría. El tintineo de múltiples aceros en la noche, el destello de las llamas sobre las corazas de aquellos hombres grises que la contemplaban como a un milagro.
- ¿Por qué la habrán perdonado? – preguntó una de las sombras.
Un hombre muy joven, derecho frente a ella, con furia y asombro en su mirada, marcaría su destino.
- Llevadla a Palacio, a Vamurta. Alguien así debe estar protegida, a salvo. Llevadla junto a mi madre.
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