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AKHENATON Y FREUD, EXODO O EXILIO



 
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TALAHUASI
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MensajePublicado: Lun Jun 15, 2020 20:49    Asunto: AKHENATON Y FREUD, EXODO O EXILIO Responder citando

AKHENATÓN y FREUD, EXODO O EXILIO
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(Egipto – XVIII dinastía)
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por Alejandra Correas Vázquez

Akhenatón, el hijo del Círculo, el joven visionario que irrumpió en la Historia como una antorcha, se fue por el Horizonte como un cometa. Como un pensador que abría al mundo los misterios y que se constituyó él mismo, en una figura mistérica. Alguien cuyo nacimiento conocemos en todos los detalles, y cuyo final nos es absolutamente desconocido.

La totalidad de los personajes que podemos contemplar en la revolución amárnica de Atón, los compañeros, consejeros e inspiradores de Akhenatón, junto con la población completa de la ciudad del Horizonte del Círculo (Akhet-Atón), se apartan de la vista de los hombres, del recuerdo de la Historia... de improviso.

Los intérpretes de la gran revolución atonista, los grandes mensajeros del panhumanismo internacional, se evaporan en masa llevados por un “carro de fuego” como en las mitologías. O volatilizados por un elemento mágico. Tantos nombres y personajes que colocaron su impronta, sus líneas, su presencia viva, y de quienes hacia adelante no queda huella alguna.

Como obra de una fantástica proeza donde el Logos Solar que conducía, los hubiese llamado junto a él en su seno prodigioso, ellos desaparecen. Estos jóvenes inspirados que buscaban aclarar el sentido lógico de la existencia (en la más pura concepción de Lucrecio) dejaron a la posteridad el insondable misterio de su partida.

Nada hay más intrigante que el fin de todos ellos. Toda la industria fabril de la ciudad de Akhet-Atón se paraliza en un momento dado, sin dar señales de violencia. Los hornos de las fábricas de vidrio fueron abandonadas en pleno funcionamiento, dejando a las parrillas (que encontrarían los arqueólogos del futuro) repletas de piezas a medio fundir. Demostrando con ello que estaban encendidas en el momento clave de la marcha.

Tuthmosa con sus discípulos, el genial artista creador de la cabeza de Nefertiti que todos admiramos, dejó su taller completo sin llevarse nada consigo. Obras concluidas. Otras a medio concluir. Algunas apenas comenzadas. Diseños. Moldes sin vaciar. La variedad completa de un atelier en plena productividad, apareció ante los ojos del excavador alemán que las trasladaría a Berlín (a comienzos del siglo XX) tal como estaban en el último día... ¡En el último instante que aquel recinto de honda creatividad cobijara a su intérpretes!

Aquello más que un Exodo fue una fuga masiva. Un exilio voluntario. Akhet-Atón era una ciudad de fábula, soberbia, multitudinaria, con parques, paseos, artistas, profesionales, baños públicos, piscina olímpica, edificios, barrios obreros, casas de empleados y artesanos, habitada por una multitud internacional de seguidores del Círculo... y evacuada en un instante. Sin aviso previo. Sin equipaje. Sin pillaje. Sin masacre. Sin souvenir alguno. Sus habitantes abandonaron allí mismo los servicios de la vida diaria. Cocinas completas. Comida servida que nadie consumió. Mobiliarios. Todos sus implementos domésticos y más imprescindibles. Los animales en su corral. Una Pompeya sin Vesubio. Pero al revés, son los seres humanos los que de aquí desaparecen.

Es el mágico castillo de la Bella Durmiente, congelado en el tiempo, en el que hallamos por completo ausentes a sus personajes que han partido sin despedirse de nosotros. Sin un adiós. Ni tan siquiera una lágrima. Dejándonos en el asombro más acuciante, con la perennidad de su pensamiento atonista inscripto en sus paredes.

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El Atonismo en sí mismo tuvo un carácter especial, y sería diferente en su grandeza y en su final. Pues Akhenatón, su ideólogo, no era un faraón convencional. Su mensaje de Atón era inédito.

Los “atonianos” fueron todos ellos muy complejos para vivir, tanto como esfumarse de la Historia, después de haberla transmutado por completo. En una presión sin pausa desaparecerán en orden y secuencia: Nefertiti, Akhenatón, Semenkara, Tuthmosa, Bok, Merari, Inenei, Yuti, Tutu, Ai y Ty... todos sus principales personajes. Es un hecho concluido, sólo resta el enigma dejado para los siglos.

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Akhenatón y Nefertiti nos han dejado. Una y mil veces repetiremos sus nombres y clamaremos por su presencia, sin poder saber nada más, después de haber sabido tanto.

Fueron nuestros amigos, los hemos acompañado y hemos recorrido a su lado un mundo fantástico pero real, de igualdad y verdad, impropio en esos siglos y en un Faraonato. Un proyecto que se irguió con gran fuerza en el pasado y con tanta autenticidad, como es la vida nuestra. Donde emergieron ideas muy concretas. Ensueños convertidos en hechos. Conceptos llevados a la práctica. Intelectualidad y emociones.

Fueron jóvenes atrayentes, poseedores de un fuerte magnetismo, a los que tuvimos en nuestros brazos. Lo obtuvimos todo de ellos, sus ideas sociales, su proyecto panhumanista, su concepto de oposición a la guerra, y ese arte especial creado por sus manos. Pero se nos escaparon entre los dedos en un día inesperado, cuando de improviso dejamos de verlos. Al anochecer no estaban ya más con nosotros, dejándonos sorprendidos. Y comenzamos a llamarlos por sus nombres, aquéllos que escuchábamos a diario y que ya nadie repetía. Nadie conocía su paradero. Nadie podía guiarnos junto a ellos.

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Sobre aquel escenario monoteísta egipcio, cerrado para siempre, que fuera dirigido por Akhenatón y los atonianos, se abre una incógnita ¿Cuáles fueron las conexiones de estos atonianos con el Exodo hebreo?

Sigmund Freud propone una hipótesis a la que dedicó la última parte de su vida en su obra: “Der Mann Moses Und Die Monotheistche Religión”, publicada en castellano con el nombre de “Moisés y el Monoteísmo”

Esta obra suya no ha sido nunca analizada ni rebatida. Ni aún mismo por la comunidad israelita que tiene a Freud por uno de sus prohombres más eminentes. Para este psiquiatra austríaco y judío, Moisés es un continuador... pero no necesariamente hebreo. Y allí reside la sorpresa. Freud lo incorpora como un egipcio que ve en el pueblo hebreo asentado en Egipto, una conexión especial con Akhenatón.

Freud presenta a Moisés como un egipcio que habría participado del proceso de Akhenatón, con todo su movimiento monoteísta, y resuelve apoyar a los hebreos en su partida. Siendo la comunidad judía internacional tan fuerte y el estado de Israel tan prestigioso políticamente, nunca Freud ha sido desmentido ni descalificado. Su prestigio está incólume, y sus tesis siguen en vigencia. La de Moisés es una de ellas.

Con sus palabras el científico vienés nos dice:

“Privar a un pueblo del hombre que celebra como el más grande de sus hijos, no es empresa que se acometerá de buen grado y con ligereza, tanto más, cuando uno mismo forma parte de ese pueblo. Ningún escrúpulo, sin embargo, podrá inducirnos a eludir la verdad a favor de pretendidos intereses nacionales, y, por otra parte, cabe esperar que el examen de los hechos desnudos de un problema redundará en beneficio de su inteligencia”.

Además Freud hace una aclaración muy contundente en su trabajo, dice que Moisés se apoyó en una religión egipcia, pero no en la tradicional religión egipcia (con todo su panteón lleno de célebres dioses). Sino que lo hizo en la nueva y monoteísta de Akhenatón, que era egipcia y no lo era al mismo tiempo.

En el climax caótico imperante en Egipto, a la caída de la familia real de esa dinastía XVIII (fin de Akhenatón, de Tutankhamón, de Horemheb) sobreviene un silenciamiento tácito en los propios documentos egipcios. Hay un vacío imposible de llenar, y en este vacío histórico se halla injerto el Exodo hebreo, según lo sitúa Freud.

A su vez los escribas bíblicos no permiten deducir una analogía exacta con los escasos datos que aportan a la historia, y con su silenciamiento voluntario, sobre las pistas más necesarias. Es decir, los 400 años de silencio entre la muerte de José como Visir de Egipto (último capitulo del Génesis) y la aparición de Moisés al principio del libro del Exodo. Para el país egipcio, en tanto, habían pasado por él cuatro dinastías completas, además rivales entre sí, y múltiples acontecimientos históricos. El Egipto del tiempo de Moisés no solamente había acogido hebreos, también a comunidades completas de fenicios, cretenses, chipriotas, mitanios, babilonios, nubios. Era un país internacional.

Además el texto bíblico no menciona el nombre del Faraón de Moisés. Pero éste no es un hecho aislado. Todos los nombres de los Faraones de Egipto hasta el final del reinado de Salomón, son totalmente anónimos. Con honda sugerencia comprobamos que mientras la comunidad hebrea mantuvo relaciones políticas con el gobierno egipcio, ha callado sus nombres. Más adelante cuando estas relaciones se cortan para siempre, comenzamos a encontrar en el texto bíblico, los reyes de Egipto con sus nombres propios.

¿Qué significa esto? ¿Fue tan grande la ingerencia hebrea en el país del Nilo? ...Veamos...

Por el contrario en Génesis 14 encontramos dentro de la historia de Abraham los nombres de tres reyes hititas: Tidal, Arioch y Chedorlaomer contra los cuales él luchó. Y que corresponden a los arqueológicos Tidal, Eri-Eaku y Kudur-Lahamal, quienes conquistaron y devastaron Babilonia provocando con ello la fuga y llegada de los reyes Hiksos a Egipto, los que luego se proclamaron faraones en la dinastía XV.

Resulta asombroso entonces que se registre con tanta nitidez la presencia de estos reyes de raza aria, pues los hititas hablaban alemán y además de ello la Biblia llama a Tidal como rey de Goim, nombre típico para los no judíos dentro de esta comunidad israelita. Estos tres reyes devastaron según los escribas bíblicos a Sodoma y Gomorra que eran países ganaderos, como leemos allí, y de acuerdo con la arqueología ellos destruyen a Babilonia.

O sea, tenemos de acuerdo a estos documentos hebreos los nombres exactos de los reyes invasores y saqueadores hititas, pero sin embargo no conocemos en estos documentos judíos los nombres de los Faraones relacionados con Abraham, José, Moisés, Aarón. Detrás de esto hay un silencio intencionado ¿Qué es lo que oculta?

En este Egipto de la dinastía XVIII que acaba de concluir con dramatismo, con la caída de Akhenatón, donde la reinas son extranjeras, donde los sumo sacerdotes cono Yua y Aanen son fenicios, donde el arte está influenciado por la cultura cretense, donde la moda está importada desde Babilonia, donde el urbanismo es una recreación nueva, donde los faraones son hijos internacionales... Y donde todo este mundo cosmopolita llega a su fin trágicamente ¿Qué tiene de extraño que haya también hebreos que quieran emigrar?

Cuando una ciudad completa (Akhet-Atón) se vacía de improviso, con todos sus artistas que parten rápidamente sin llevarse ninguna valija y dejando el taller de Tuthmosis completo, abandonando sus fábricas de vidrio con los hornos encendidos, sus enceres diarios y sus animales en los corrales... ¿Hay algo de extraño en ello?

Debemos comprender que el caos reinante de aquel momento, donde la multitud de extranjeros refugiados en Egipto por causas distintas (sunami en el mar Egeo y devastación en medioriente), reúne condiciones parecidas a la bíblica. Pues todos ellos pasan a la proscripción de improviso, haciendo que ese escenario histórico que fue real y verdadero, se asemejara demasiado al Exodo bíblico.

Los alejandrinos contarán la historia de este período atoniano a modo de leyenda. A pesar de que las inscripciones oficiales jeroglíficas borran a Akhenatón y sus seguidores, su período y sus consecuencias, sin duda quedaron para la posteridad egipcia otros documentos válidos. Pero lamentablemente, la quema de la Biblioteca de Alejandría no nos permite llegar a estos manuscritos en forma directa, sino a través de sus comentaristas: Apión, Manetos, Lisímaco, Jairemón. Pero incluso, a su vez, llegan ellos hasta nosotros por otros comentaristas, como es el caso del destacado intelectual judío Flavio Josefo.

Estos personajes alejandrinos tan duramente criticados por casi dos milenios, toman ahora una vigencia de actualidad en el revisionismo histórico que propone la nueva investigación. Pues son ellos quienes recogieron la tradición antigua, escrita para la Biblioteca de Alejandría por encargo de Ptolomeo, y que perpetuó maravillosamente el recuerdo de la empresa atoniana, su dramático fin y sus extrañas consecuencias.

Akhenatón aparece allí con su nombre original de Amenofis, a continuación de su padre Amenofis III y se le llama “el falso Amenofis”, lo que siguió siendo hasta la aparición de toda su existencia real por medio de la arqueología. Aunque no hay un análisis completo de su personalidad, ni la de los atonianos, podemos entrever como reales las críticas adversas que también lo califican... o descalifican. No estamos aquí para juzgarlo, sino para establecer que su memoria no estaba totalmente perdida, aunque fuera en una forma negativa, propia de sus detractores. Tenemos dos de ellas importantes: El nudismo y la destrucción de los tótems fetichistas.

Según esa versión alejandrina ellos cometían el agravio de quemar los dioses y hacer fuego con ellos, cocinando además a los animales sagrados. Lo que entendemos que los ídolos de madera eran usados de leña y los sagrados bueyes Apis y toros Min, consumidos como asado. Lo que era una total irreverencia a los mitos sagrados egipcios. Pero pensamos, que más allá de toda simpatía o empatía con el juvenil movimiento atoniano, esto simplemente ocurrió. O sea, los alejandrinos más allá de toda crítica adversa, estaban bien informados.

Luego el tema del nudismo tan propio de los atonianos. El nudismo se implanta con Akhenatón, Nefertiti, sus niñas y la hermana Baketatón, desnudos ante el pueblo. Fue su teoría y su práctica. Los reyes espartanos un milenio después, mostrarán a los visitantes extranjeros sus bellas hijas desnudas. Los atletas etruscos, cual los vemos en sus murales, compiten desnudos. Y el Gymnós griego viene de cuerpo desnudo. Gimnasia es un arte en cuerpo desnudo.

¿Cuál es la importancia de ello? Pues que según el relato alejandrino todos ellos fueron al exilio desnudos, por un camino hacia Etiopía. Donde de nuevo nos reencontramos con Moisés y su suegro etíope Jethro, más su esposa etiópica. Allí también hallamos el tema de Flavio Josefo en su vasta obra “Antigüedades Judías” donde Moisés es gobernador en Etiopía antes de salir al Exodo.

Hubo en aquellos tiempos una emigración mucho más masiva de lo que supone hoy día la comunidad hebrea, pues el texto bíblico lo detalla diciendo: “Y también subió con ellos grande multitud de diversa suerte de gentes” (Exodo, 12,3Cool. Y esta multitud es la que andamos buscando para completar por fin, en forma real el esquema histórico tal como sucedió, único final posible para ese “mutis por el foro” del proceso atoniano con todos sus protagonistas. Un movimiento que involucró a tanta gente decidida y luego perseguida. La Dinastía XVIII había llegado a su fin con todos sus lauros, ya que en adelante la historia egipcia contará con otros reyes y otra población.

No falta en este recuento egipcio ni siquiera “las plagas” bíblicas. La documentación hitita expresa que entrando en Egipto sus tropas fueron víctimas de una terrible peste, por la que pereció su rey Shupiliuluma. Lo cuenta con lujo de detalles su sucesor Murshil.

A continuación y con el respeto debido se transcribe el siguiente texto de Sigmund Freud:

“Hemos comprobado que nuestra hipótesis de que Moisés no era judío, sino egipcio, crea un nuevo problema, pues sus actos, que parecían fácilmente comprensibles en un judío, se tornan incomprensibles en un egipcio. Pero si ubicamos a Moisés en la época de Akhenatón y lo relacionamos con este faraón, desaparece dicho enigma y surge la posibilidad de una motivación que resolverá todos nuestros problemas.

Partamos de la premisa de que Moisés era un hombre encumbrado y de noble alcurnia, quizás hasta un miembro de la casa real, como afirma el mito. Seguramente tenía plena conciencia de sus grandes dotes, era ambicioso y emprendedor; quizás soñara con dirigir algún día a su pueblo, con gobernar el reino. Muy estrechamente vinculado a este faraón, era un decidido prosélito del nuevo culto, cuyas ideas fundamentales habría hecho suyas.

Al morir el rey y al comenzar la reacción, vio destruidas todas sus esperanzas y sus perspectivas; si no quería abjurar de sus convicciones más caras, Egipto ya nada tenía que ofrecerle: había perdido su patria. En tal trance halló un recurso extraordinario.

Akhenatón, el soñador, se había extrañado a su pueblo y había dejado desmembrarse su imperio. Moisés forjó un plan de fundar un nuevo imperio, de hallar un nuevo pueblo al que pudiera dar, para rendirle culto, la religión desdeñada por Egipto.”

El pensamiento humanista atoniano caería en el olvido y no volvería a repetirse en el Egipto faraónico. Los mensajeros de la paz fueron expulsados en forma abrupta. Hoy día nuestra humanidad náufraga de dos guerras mundiales y amenazada por otra tercera, comienza a comprender como necesarios, aquellos valores olvidados. Esto es, los habitantes reales, o sea el hombre y la mujer de familia. Más allá, por cierto, de los grandes capitalistas que continúan provocando guerras.

El panhumanismo vuelve a la conciencia del pueblo de labor. Akhenatón deja de ser una figura misteriosa, de Museo, para transformase en un personaje real y convincente. Con su canto a la vida, con su interés comunitario, intentando reproducir ese esquema de humanidad que le fue propio.

Pero en aquel pasado suyo, Akhenatón lamentablemente quedó oculto por milenios, bajo las arenas históricas que le dieron la espalda. Las siguientes frases, conmovedoras, pertenecen al historiador Eduard Meyer y constituyen el epitafio más apropiado que se haya escrito sobre este proceso:

“Destruida sangrientamente aquella tendencia que quería deducir las consecuencias, de las conquistas realizadas en las esferas de las ideas religiosas, detenida la religión en un punto intraspasable y fijada para el porvenir una norma inmutable por encima de la cual nadie podía pasar, el triunfo de la ortodoxia significó para Egipto el estancamiento de la vida espiritual.

Las formas y fórmulas de espantosa monotonía que se leen en textos posteriores, son cada vez más largas, pesadas y absurdas, pero el espíritu está muerto para no volver a resucitar. En vano se buscará en todo el arsenal de la literatura religiosa que desde la posterior XIX Dinastía egipcia hasta los tiempos del Imperio Romano ha llegado hasta nosotros, una sola idea nueva, ni siquiera un ropaje nuevo para revestir una idea antigua”.

Akhenatón y Nefertiti, ya no estaban. Moisés y sus judíos, habían emigrado. Y “una multitud de diversa suerte de gentes” citada así en Éxodo 12,38 tomó el camino del exilio: babilonios, fenicios, mitanios, chipriotas y cretenses, quienes también dejaron la tierra del Nilo. La ciudad de Akhet-Atón, creada por los atonianos, queda vacía. Mientras que en el Egipto faraónico el espíritu estaba muerto para no volver a resucitar jamás... Dicho ello en acuerdo con el pensamiento del arqueólogo alemán Eduard Meyer.

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Alejandra Correas Vázquez
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